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Revista de Arte del Siglo XXI de Iberoamérica y del Mediterráneo
Estética y fe 18 de agosto de 2026
Estética y fe

Warhol iba a misa, y Scully también

Warhol en Estocolmo, febrero de 1968.
Warhol en Estocolmo, febrero de 1968.

¿Sabían que Warhol iba a misa varias veces por semana, durante veinte años, y ninguno de sus biógrafos lo escribió? Hubo que esperar al funeral. Con él, otros diecisiete artistas del siglo XX, como ejemplo de tantos, a quienes la crítica les ha borrado la fe de la biografía.

Lo dijo John Richardson en voz alta durante el funeral, en la catedral de San Patricio de Nueva York, en abril de 1987. Richardson, biógrafo de Picasso y amigo suyo, contó ante los asistentes que Andy Warhol iba a misa varias veces por semana. En la iglesia había gente que llevaba veinte años tratándolo a diario, y para casi todos aquello fue una novedad. Nadie lo sabía, o nadie había querido preguntarlo. De ese silencio sale la pregunta que ordena este artículo, que no es una queja de sacristía y admite discusión: ¿por qué se piensa que ser católico no es cool?

La pregunta Compare dos frases que cualquier lector de catálogos ha visto cien veces. «Su interés por el budismo zen explica el vaciamiento de su obra a partir de 1965» se lee como un dato crítico de primer orden, algo que ilumina la obra. «Era católico practicante» se lee como una anécdota familiar, y suele ir metida en una subordinada, entre el lugar de nacimiento y el nombre de la primera mujer. Las dos frases informan exactamente de lo mismo: de aquello a lo que un hombre dedicaba su atención y su tiempo. La diferencia no está en el dato. Está en lo que el lector hace con él.

Las razones de esa diferencia son tres y conviene decirlas sin rodeos. La primera es que el catolicismo llega con una institución que tiene domicilio, jerarquía y siglos de errores documentados, y a una institución se la puede odiar; el budismo zen, que es una escuela de meditación sin clero ni catecismo, no tiene obispo a quien reprochar nada. La segunda es que llega con una doctrina moral que dice cosas concretas y exigentes sobre el cuerpo, insoportables en un siglo que definió el arte como liberación. La tercera es puramente visual y pesa más de lo que parece. Durante el siglo XIX las iglesias se llenaron de imágenes fabricadas en serie, escayola pintada de dorado y santos de molde, un género que en Francia acabó llamándose arte de Saint-Sulpice, por el barrio de París donde estaban las tiendas que las vendían. Desde entonces, quien oye «arte católico» se imagina antes aquel escaparate que el retablo de Isenheim.

Foujita, Paris, ca 1925 - Photo by Boris Lipnitzki
Foujita, Paris, ca 1925 - Photo by Boris Lipnitzki
Autochrome de Tsuguharu Fujita. 1930
Autochrome de Tsuguharu Fujita. 1930

Debajo hay algo más serio que un problema de gusto heredado, y conviene explicarlo despacio porque es el nudo del asunto. Para Tomás de Aquino, el teólogo dominico del siglo XIII, la belleza no era una impresión del que mira: era una cualidad de las cosas mismas, unida a la verdad. Lo bello era el resplandor visible de algo real, y por eso se podía discutir con argumentos, igual que se discute si un dato es cierto. Esa idea se rompió con la filosofía moderna. Desde la Crítica del juicio (1790), donde Kant estudia cómo funcionan nuestros juicios de gusto, lo bello pasó a ser una reacción del sujeto que contempla, algo que ocurre dentro de quien mira y no en el objeto mirado. La consecuencia es la frase que todos hemos oído: sobre gustos no hay nada escrito. Y si la belleza no prueba nada, la fe tampoco tiene nada que decir sobre la forma de un cuadro, con lo cual el arte queda reducido a la interpretación de una creencia particular.

Arantzazu, noviembre de 1954 El obispo de San Sebastián prohibió el friso de catorce apóstoles que Jorge Oteiza había tallado para la fachada del santuario de Arantzazu, en Guipúzcoa, y el asunto llegó hasta Roma. Le parecieron figuras demasiado toscas para una iglesia. Oteiza escribió en su defensa la frase que mejor resume lo que iba a ocurrir en el arte católico del siglo XX: «Quien ha de llenarse de Dios ha de vaciarse de uno mismo». La idea no es suya. Es la kénosis que describe san Pablo en la carta a los Filipenses, el anonadamiento por el que Cristo renuncia a su condición divina y se hace hombre; una palabra griega que significa vaciamiento. Oteiza la trasladó a un problema de taller: quitar materia hasta que quede el hueco. Las catorce figuras estuvieron quince años en un almacén y se colocaron en junio de 1969, cuando él había hecho ya sus cajas metafísicas, unos cubos de acero abiertos y vacíos por dentro, y había dejado de esculpir para siempre.

Oteiza. Apostolado. Santuario de Aranzazu.
Oteiza. Apostolado. Santuario de Aranzazu.

En él la teología y la forma dicen lo mismo, y por eso es el nudo de este artículo: vaciar la escultura hasta dejarla en una caja hueca y vaciarse uno mismo son la misma operación, enunciada una vez en el taller y otra ante el obispado. Chillida, que hizo las puertas de hierro de ese mismo santuario, obliga en cambio a consignar una contradicción y a no resolverla. A su hija Susana, que le preguntó qué pensaba de Dios, le respondió que Dios es el todo, la gran meta, y remitió a san Juan de la Cruz. Otras fuentes lo describen como un creyente sin vínculo con ninguna iglesia. Las dos versiones están publicadas y este artículo no tiene autoridad para decidir entre ellas.

Gaudí y Sert Gaudí es el único de esta lista sobre cuya vida se ha pronunciado la Iglesia: el 14 de abril de 2025 el papa Francisco aprobó el llamado decreto de virtudes heroicas, que es el primer escalón formal del proceso que puede terminar en una beatificación. Es también la excepción del argumento, porque Gaudí no vaciaba. Llenaba. Llevó las formas de la naturaleza a la piedra hasta que la columna pareció un tronco y la bóveda la copa de un árbol. Y sin embargo el resultado coincide con el de los demás por otro camino: nadie que entre hoy en la Sagrada Família tiene la sensación de estar viendo arte antiguo.

Scully en Montserrat.
Scully en Montserrat.

Josep Maria Sert pintó dos veces el interior de la misma catedral, la de Vic. La primera decoración se la encargó en 1900 el obispo Torras i Bages, le ocupó veinticinco años y ardió entera en julio de 1936, al principio de la guerra. Volvió en 1939, con sesenta y cuatro años, y pintó allí hasta 1945, el año en que murió. Está enterrado dentro. La hizo en grisalla, es decir en una sola gama de sepias sobre fondo de oro, sin más color, y no por falta de medios: era el muralista mejor pagado de Europa, el hombre al que los Rockefeller llamaron en 1937 para tapar el hueco que había dejado el mural destruido de Diego Rivera. Lo interesante es que al volver no repitió el programa. Donde antes estaba la apoteosis de la Iglesia triunfante puso el Calvario.

Sean Scully
Sean Scully

Rouault, Severini, Foujita Georges Rouault se pasó treinta y siete años escribiendo al escritor André Suarès, doscientas sesenta cartas reunidas en Correspondance (1960), y allí está el hombre entero. Su serie del Miserere son cincuenta y ocho grabados, nacidos tras la muerte de su padre y expuestos en 1948, que conserva de forma permanente la capilla del Santísimo de la iglesia de Saint-Séverin, en París. Rouault había sido de joven aprendiz en un taller de vidrieras, y se le nota en todo lo que pintó: encierra cada figura en un contorno negro tan grueso que el cuadro acaba funcionando como una vidriera de catedral. Gino Severini, que de joven había firmado manifiestos futuristas pidiendo que se destruyeran los museos, volvió a la fe en 1923 y lo contó en Tutta la vita di un pittore (1946). Tsuguharu Foujita, pintor japonés instalado en el París de entreguerras, se bautizó en Reims el 14 de octubre de 1959 ante diecisiete equipos de televisión, tomó el nombre de Léonard y en el verano de 1966, con ochenta años, pintó él solo y a pincel los doscientos metros cuadrados de la capilla Notre-Dame-de-la-Paix. Está enterrado allí.

El tapiz de Sutherland sobre el altar mayor de Coventry, 1962.
El tapiz de Sutherland sobre el altar mayor de Coventry, 1962.

Sutherland, Congdon y Gill Graham Sutherland se convirtió en 1926, y su biógrafo Roger Berthoud documenta en Graham Sutherland. A Biography (1982) que siguió practicando toda su vida. Su Crucifixión de la iglesia de Northampton, pintada en 1946, está construida con dos materiales que en principio no deberían poder juntarse. Uno es el retablo de Isenheim, la obra que Matthias Grünewald pintó hacia 1515 para un hospital alemán donde se atendía a enfermos incurables, y en la que el cuerpo de Cristo aparece llagado y verdoso, sin ningún consuelo. El otro son las fotografías de los campos de exterminio que acababan de publicarse en la prensa británica. Sutherland juntó las dos cosas sin caer en la obscenidad, que es lo difícil. Es el ejemplo exacto de lo que Benedicto XVI llamaría más tarde belleza que hiere. William Congdon, pintor norteamericano del grupo que renovó Nueva York después de la guerra, entró en la Iglesia en Asís en 1959 y siguió pintando cuadros sin figuras reconocibles; su itinerario está en In My Disc of Gold (1962), un libro presentado por el filósofo Jacques Maritain y por el monje Thomas Merton que rara vez aparece en la bibliografía de sus catálogos.

Chillida. Puertas de Aranzazu.
Chillida. Puertas de Aranzazu.

Eric Gill se convirtió en 1913, talló el Vía Crucis de la catedral de Westminster y dibujó las tipografías Perpetua, Gill Sans y Joanna, que seguimos usando cada día. Sus diarios, estudiados por Fiona MacCarthy en Eric Gill. A Lover's Quest for Art and God (1989), documentan adulterio reiterado, incesto y abuso sexual de sus hijas menores. No hay manera decente de citarlo sin decir esto, y el asunto obliga a una pregunta incómoda: qué prueba una conversión. La respuesta honesta es que no prueba la santidad de nadie. Prueba solo lo que un hombre dijo creer, y lo que hizo con eso es otro expediente.

Chillida. Puertas de Aranzazu.
Chillida. Puertas de Aranzazu.

Warhol Es el caso que más cuesta creer y el que mejor sostiene el argumento, porque aquí la fe no asoma en la obra: está en la biografía y no coincide con lo que el pintor enseñaba en público. Warhol pertenecía a una familia eslovaca de Pittsburgh y era católico de rito bizantino, es decir de una de esas comunidades orientales que están en comunión con Roma pero celebran la misa a la manera de los ortodoxos, con iconos y cantos en eslavo. Costeaba los estudios de un sobrino que se hizo sacerdote y fue responsable de al menos una conversión. Su párroco de la iglesia de St Vincent Ferrer confirmó a los biógrafos que asistía a misa, y confirmó también que no comulgaba nunca y que él mismo consideraba su modo de vida irreconciliable con la doctrina moral católica. Estuvo décadas entrando en misa sin acercarse al altar. En 1986, el año anterior a su muerte, pintó más de cien cuadros a partir de la Última Cena de Leonardo.

La grisalla de Sert en el Saló de Cròniques del Ayuntamiento de Barcelona.
La grisalla de Sert en el Saló de Cròniques del Ayuntamiento de Barcelona.

Las dos mujeres Falta una gran artista mujer católica en esta historia, y el asunto no se arregla añadiendo un nombre al final de la lista. Existen, y son dos. Corita Kent ingresó a los dieciocho años en las Hermanas del Inmaculado Corazón de María, dirigió el departamento de arte de su universidad en Los Ángeles y produjo unas ochocientas serigrafías, estampas hechas con pantalla de seda y tinta plana, la misma técnica de los carteles comerciales; eso la sitúa, junto a Warhol y Lichtenstein, entre las firmas del pop, el arte que trabajaba con las imágenes de la publicidad. Dejó la orden en 1968, después de que el arzobispo de Los Ángeles calificara su obra de blasfema. Isabel Guerra entró en 1970 en el monasterio cisterciense de Santa Lucía, en Zaragoza, con una carrera ya empezada, y lleva cincuenta y cinco años en clausura pintando una luz que aprendió copiando cuadros en el Prado. A una la empujaron fuera y la otra entró dentro por su gusto. En los dos casos el convento les dio taller y les quitó la firma, y por eso lo que falta no es talento: es archivo.

Retrato de Sert por Ramón Casas.
Retrato de Sert por Ramón Casas.

Scully, y una iglesia del año 945 El último de la lista está vivo, no aceptaría estar en ella y es el único caso que se puede ir a ver esta semana. A Sean Scully lo sacaron de niño de un colegio de monjas, después de una discusión entre las religiosas y su padre por trabajar en domingo, y aun así seguía entrando de vuelta a casa en la iglesia de Saint Philip a mirar las velas del altar. El 30 de junio de 2015 los benedictinos de Montserrat le entregaron la iglesia de Santa Cecília, fundada en el año 945, para que hiciera dentro lo que quisiera. Conviene entender el sitio, porque el sitio es media obra: una iglesia románica, de muros gruesos y ventanas pequeñas, porque en el siglo X el muro sostenía el techo y cada hueco lo debilitaba. Lo contrario de la sala blanca con focos regulables que se le ofrece hoy a un pintor de grandes superficies de color. Scully no colgó cuadros. Se hizo cargo del edificio entero, con ocho vidrieras, tres frescos, unos candelabros hechos para el lugar y el ábside vidriado. El día de la inauguración, preguntado por la fe, respondió que su religión consiste en poner todas las religiones juntas.

Adoración de Foujita.
Adoración de Foujita.

La respuesta Pablo VI reunió a los artistas en la Capilla Sixtina el 7 de mayo de 1964 y los llamó guardianes de la belleza. Juan Pablo II les escribió el 4 de abril de 1999 sobre la vía de la belleza como camino de conocimiento. Benedicto XVI los volvió a convocar el 21 de noviembre de 2009 y distinguió entre la belleza que consuela, que adormece y deja al espectador donde estaba, y la belleza que hiere y despierta. En esa distinción está la respuesta a la pregunta del principio. Ser católico no parece cool porque el cool del siglo XX se midió por la distancia respecto de cualquier institución con autoridad sobre el cuerpo, y porque hemos heredado una idea de belleza que no compromete a nada ni obliga a nadie. Los catorce artistas de esta lista trabajaron con la idea contraria, la belleza como resplandor de algo verdadero. Por eso quitaron en vez de adornar, y por eso su obra sigue en pie.

Niñas y Muñeca, Foujita. 1918
Niñas y Muñeca, Foujita. 1918
Corita Kent, Depósito de gas. 1971
Corita Kent, Depósito de gas. 1971