San Ildefonso, CDMX: tres siglos de arte siempre vivo
Cuna del muralismo y, hoy, uno de los grandes recintos de exposiciones del Centro Histórico de la Ciudad de México. Crónica de una mañana en la que el barroco, los muros de Rivera y Orozco y la pintura del presente se hablan sin tregua.
Entré a media mañana, cuando el sol del Centro cae sesgado y el tezontle de la fachada arde con ese rojo seco, casi de ladrillo cocido dos veces, que ninguna reproducción consigue domesticar. Uno cree conocer un edificio por las fotografías y luego se planta ante los más de ciento treinta metros de muro sobre la calle y comprende que la escala es, ella sola, un argumento. La cantera gris moldura las ventanas como puntuación sobre una frase larguísima; el relieve del santo recibiendo la casulla corona la portada con esa mezcla, tan novohispana, de devoción y ostentación.
I · La piedra: lo antiguo
Conviene recordar, antes de cruzar el umbral, qué se cruza. Fundado por los jesuitas hacia 1588 y reedificado en las primeras décadas del siglo XVIII —de donde procede el inmueble barroco que hoy se pisa—, fue uno de los ejemplos más sobresalientes de la arquitectura civil de la ciudad. Después fue cuartel, alojamiento de tropas extranjeras y, desde 1867, sede de la Escuela Nacional Preparatoria. Esa biografía accidentada no es anécdota: se respira en los suelos hundidos —el edificio se ha ido enterrando casi dos metros en el subsuelo lacustre— y en la pátina de los muros. Un edificio que ha servido para tantas cosas termina por mirar al visitante con la calma del que ya lo ha visto todo.
En el patio principal el tiempo se ordena en arquerías. Tres pisos de cantera, balaustradas de hierro, el suelo ajedrezado y, arriba, el cuadro recortado del cielo. Hay una lógica casi musical en esa repetición de arcos: el ojo asciende de planta en planta como quien sube una escala. No es un patio para atravesar deprisa; es un patio para detenerse y dejar que la luz haga su trabajo sobre la piedra.
II · El muro: lo mural
Pero a San Ildefonso no se viene solo por la piedra. Se viene porque aquí, y esto no es retórica turística, empezó algo. En marzo de 1922 un Diego Rivera recién llegado de París, a instancias de José Vasconcelos, dio las primeras pinceladas de La Creación en el Anfiteatro Simón Bolívar: el mural con el que se acostumbra hacer arrancar el muralismo mexicano. De ahí en adelante, pasillos, descansos y bóvedas se fueron poblando con la obra de Charlot, Leal, Revueltas, Alva de la Canal, Siqueiros y Orozco. San Ildefonso fue, literalmente, el laboratorio del movimiento.
La voz que me detuvo en seco, sin embargo, fue la de Orozco. Su parentesco con la caricatura política, su mano descarnada e implacable, convierten cada paño en un juicio. Y nada lo dice mejor que la escalera. Subir por el cubo es entrar dentro de la pintura: las figuras se derraman por la bóveda, la arquitectura deja de ser soporte y se vuelve cómplice, y al fondo el vitral octagonal filtra una luz que parece pensada para esa penumbra.
El edificio sigue haciendo lo único que sabe hacer desde hace trescientos años: obligar a mirar.
III · Lo vivo: el arte de los siglos XX y XXI
Lo que distingue a San Ildefonso de un panteón —de un lugar donde el arte va a embalsamarse— es que no ha dejado de funcionar. Clausurada la Preparatoria, el inmueble reabrió en 1992 convertido en recinto de exposiciones con una muestra que hizo época, México: esplendores de treinta siglos, y desde entonces se gestiona de forma tripartita por la UNAM, la Secretaría de Cultura federal y el Gobierno de la Ciudad de México. Su programa no es decorativo: pone a dialogar, a veces a gritos, la pintura del presente con los frescos de los años veinte.
Por estas salas altas han pasado, en tres décadas, grandes exposiciones de arte prehispánico y virreinal, de fotografía, de arquitectura y de vanguardia internacional, hasta convertir el antiguo colegio en una de las paradas obligadas del Centro Histórico: un recinto capaz de sostener tanto una retrospectiva monumental como un foco monográfico sobre un solo artista. La fricción entre el muro de cuatro siglos y la sala contemporánea de rieles de luz, lejos de incomodar, es el verdadero tema del edificio.
La temporada que encontré lo confirma con Vlady. Revolución y disidencia, dedicada a Vladimir Kibálchich Rusakov —Vlady—, pintor de origen ruso, hijo del revolucionario Víctor Serge y autor de uno de los grandes ciclos murales del México del siglo XX. Sus enormes telas de violetas, rosas y dorados ocupan paredes enteras; enfrente, sobre un muro terracota, dos tondos flanquean una pieza horizontal, y más allá un dibujo monumental de muebles imposibles convive con una pintura matérica de rojos y verdes. El color del presente no pide permiso: la cal y la cantera del recinto no lo domestican, lo enmarcan, le prestan gravedad.
Lo contemporáneo · Tres registros de Vlady. Revolución y disidencia: el gran formato violeta que cubre el muro entero, los tondos sobre la pared terracota y el dibujo de muebles imposibles junto a la pintura matérica. El presente del arte mexicano, a pleno color, bajo los techos del antiguo colegio.
Hay, además, un gusto evidente por hacer dialogar lo nuevo con la gran tradición: lienzos de aliento clásico que reabren la conversación con los maestros antiguos —uno evoca sin disimulo el Expolio de El Greco, esa marea de cabezas en torno a la túnica roja—. No es nostalgia: es recordar que la pintura es una cadena larga y que cada generación tira del mismo hilo. Y el calendario no se detiene: agotada una muestra, otra ocupa las salas, de modo que quien vuelva dentro de unos meses encontrará el mismo edificio diciendo cosas distintas.
Salí por el patio cuando bajaba la tarde; las arquerías proyectaban su retícula de sombras sobre la cantera y un grupo de estudiantes fotografiaba los muros con el teléfono, como un siglo atrás otros jóvenes de la Preparatoria discutían a gritos frente a esos frescos recién pintados. Uno gana la calle de Justo Sierra con la rara sensación de haber asistido, en una sola mañana, a una conversación que empezó hace trescientos años y que no ha terminado.