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Revista de Arte del Siglo XXI de Iberoamérica y del Mediterráneo
Estética y fe 4 de agosto de 2026
Serie · San Agustín y el arte de hoy. Primera Parte.

San Agustín llamó falsa a la pintura, y no era una condena

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...Agustín no condena moralmente a la pintura. Dice algo más incómodo: que la obra figurativa alcanza su verdad propia justamente al no ser aquello que representa. Un árbol pintado que fuese un árbol de verdad habría fracasado como pintura....

Llamamos falso al árbol pintado. Falsa, a la cara del espejo. Falso, al movimiento de las torres vistas en el horizonte desde un barco. Falsa, a la rotura del remo dentro del agua. Todas esas cosas se llaman falsas por ser semejantes a las verdaderas. Lo escribió Agustín de Hipona hacia el año 386, en el libro segundo de los Soliloquios, y durante siglos se ha leído como una prohibición. Dice exactamente lo contrario.

EL LIBRO QUE PERDIÓ

Hacia el año 380, en Cartago, donde enseñaba retórica desde 376, Agustín escribió De pulchro et apto, sobre lo bello y lo conveniente. Tenía veintiséis años. Se lo dedicó a Hierio, un orador sirio que era la sensación del momento en Roma y al que jamás había visto, elogiándolo como conocedor de todas las materias que atañen al estudio de la sabiduría. Diecisiete años después, en el libro cuarto de las Confesiones, reconoció que lo había perdido. Es su única obra de estética y no se conserva ni una línea.

Cornelis Norbertus Gijsbrechts, *Trompe l’oeil. El reverso de un cuadro enmarcado*, hacia 1670. Óleo sobre lienzo. Statens Museum for Kunst, Copenhague.
Cornelis Norbertus Gijsbrechts, *Trompe l’oeil. El reverso de un cuadro enmarcado*, hacia 1670. Óleo sobre lienzo. Statens Museum for Kunst, Copenhague.

De su contenido queda un rastro. En ese mismo pasaje resume la distinción que allí sostenía: entre la belleza que tienen las cosas por formar un todo y la que tienen por ser parte de un todo mayor. Sabemos también que tenía dos o tres libros, porque él mismo no recordaba cuántos. La referencia es Confesiones IV, 13, 20. Conviene situarlo con precisión, porque el elogio fácil no le hace ningún favor. La Historia de la estética de Władysław Tatarkiewicz, que sigue siendo la referencia estándar, cierra el volumen de la Antigüedad con Plotino y abre el medieval con Agustín. Ese es su lugar. No fundó la disciplina. Fue la bisagra por la que las ideas griegas de proporción y armonía entraron en el pensamiento cristiano y llegaron a la Edad Media.

René Magritte
René Magritte

Todo lo demás se ha reconstruido con páginas sueltas: De ordine y los Soliloquios, de 386; De musica, empezado en Milán hacia 387 y terminado en Tagaste; De vera religione, de 390; y las Confesiones, de finales del siglo IV.

Ruinas de Hipona, Argelia.
Ruinas de Hipona, Argelia.

LO QUE QUIERE DECIR

Agustín no condena moralmente a la pintura. Dice algo más incómodo: que la obra figurativa alcanza su verdad propia justamente al no ser aquello que representa. Un árbol pintado que fuese un árbol de verdad habría fracasado como pintura. La falsedad, en este razonamiento, es una categoría ontológica y no un reproche. Nombra el modo de ser de la imagen, que consiste en parecerse a algo sin serlo. Quitarle esa condición a un cuadro sería destruirlo. La sospecha, por tanto, no cae sobre el artista. Cae sobre quien confunde los planos y toma la representación por la cosa en si misma.

Sandro Botticelli, *San Agustín en su celda*, hacia 1490-1494. Temple sobre tabla. Galería de los Uffizi, Florencia.
Sandro Botticelli, *San Agustín en su celda*, hacia 1490-1494. Temple sobre tabla. Galería de los Uffizi, Florencia.

Mil quinientos años después, un pintor belga dijo lo mismo con una pipa. René Magritte tituló La traición de las imágenes un cuadro de 1929 que muestra una pipa y debajo, escrito a mano, que aquello no es una pipa. Cuando le reprocharon la boutade, respondió que la famosa pipa no se podía rellenar, que era una mera representación, y que si hubiera escrito «esto es una pipa» habría estado mintiendo.

Es el argumento de los Soliloquios trasladado al óleo. Magritte no cita a Agustín en ninguna parte.

EL NÚMERO

El fundamento positivo está en un versículo del libro de la Sabiduría que cita una y otra vez: Dios lo dispuso todo con medida, número y peso. De ahí sale su definición de la música como ciencia de modular bien, y su preferencia por las artes que se ordenan mediante ritmos medibles frente a las que se limitan a imitar la apariencia de las cosas. En De vera religione pone el ejemplo del arquitecto: pregúntele por qué, habiendo hecho un arco, hace otro igual al lado. Responderá que para que las partes del edificio se correspondan.

Esa simetría no le interesa por decorativa. Le interesa porque es inteligible. El alma reconoce en ella la misma ley con que fue ordenado el mundo y, al reconocerla, se ordena a sí misma. La belleza, en Agustín, educa antes que agrada.

LA CONCUPISCENCIA DE LOS OJOS

En el libro décimo de las Confesiones aparece una expresión que se cita mucho en contextos artísticos y casi siempre fuera de sitio: concupiscentia oculorum. Enumera allí las innumerables cosas que los hombres añaden a la seducción de los ojos, vestidos, calzado, vasijas, pinturas e imágenes, mucho más allá del uso necesario y moderado. No ataca la producción artística. Describe un apetito visual insaciable que hoy tiene otros nombres y que él identificó hace mil seiscientos años. Lo que denuncia es la mirada que se detiene y se queda, frente a la mirada que atraviesa. Su fórmula para lo segundo es breve: per corporalia ad incorporalia, de lo corporal a lo incorpóreo.

El arte legítimo funciona como peldaño. Esa es la tesis, y de ella salen las tres condiciones que cierran esta serie.

La semana que viene. Malévich, Duchamp, Klein, Rothko, Kosuth y Turrell hicieron exactamente lo que Agustín pedía. Ninguno lo había leído.