¡México, México, México!: Abel Quezada, entre el arte y el deporte
El Museo Kaluz rescata la faceta menos transitada del gran caricaturista y pintor mexicano —su pasión por el juego— y la convierte en una fiesta de humor, lirismo y memoria nacional.
Hay museos que coleccionan objetos y museos que coleccionan miradas. El Museo Kaluz, instalado en un antiguo hospicio del siglo XVIII sobre la Avenida Hidalgo 85, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, pertenece a la segunda estirpe. Frente a la Alameda Central, en un edificio primorosamente restaurado y coronado por un mural de Vicente Rojo, la institución que custodia la Colección Kaluz —una de las más completas de arte mexicano y de paisaje de los siglos XIX a XXI— ha hecho de la generosidad su método: entrada asequible, salas luminosas y una idea contagiosa de que el arte mexicano se cuenta mejor cuando se cuenta entero.
Esa vocación se despliega ahora, con motivo del Mundial de Fútbol 2026, en ¡México, México, México! Abel Quezada. Entre arte y deporte, una de las exposiciones más luminosas y festivas de la temporada. Del 5 de julio al 31 de agosto de 2026, la Sala Polivalente de la planta baja se convierte en cancha, gradería y taller: cartones incisivos, óleos autodidactas y material de archivo inédito reunidos para revelar cómo la fascinación de Quezada por el juego alimentó un imaginario visual tan libre de academicismos como lleno de lirismo.
De Monterrey a la Alameda
La elección no es casual. Abel Quezada Alarcón nació en Monterrey, Nuevo León, en 1920, y el Museo Kaluz —regiomontano de raíz y capitalino de vocación— tiende con esta muestra un puente entre las dos ciudades que lo formaron: el norte de su infancia beisbolera y la capital que lo consagró. Como escribe el propio museo, la exposición «evoca las grandes pasiones de Quezada: su país, el deporte y el humor como forma de ver —y cuestionar— el mundo». Es, en el fondo, un retrato de México a través de uno de sus observadores más lúcidos.
Organizada en tres núcleos, la muestra no es una retrospectiva convencional, sino una invitación a mirar de nuevo a un artista que muchos creían conocer. Porque a Quezada se le recuerda por sus cartones —esos personajes eternos: Gastón Billetes, el rey de Mextlálotan, don Gervasio— y se le olvida como pintor. El Museo Kaluz corrige con elegancia ese olvido.
A la izquierda, Juego de futbol en una ciudad doblada: el campo se pliega sobre la urbe y el partido se juega, literalmente, dentro de la ciudad. A la derecha, un Sin título en acuarela, con la cancha vista casi a vuelo de pájaro. Dos maneras de entender que, para Quezada, el fútbol nunca fue solo fútbol.
Los múltiples rostros de Abel Quezada
El primer núcleo traza la evolución de un creador insaciable. Quezada quiso ser saxofonista, productor de espectáculos y empresario; hizo campañas políticas como periodista e incursionó en la televisión y la publicidad. A los catorce años ya enviaba historietas desde el norte a la Ciudad de México con la esperanza de verlas publicadas. De aquellas primeras viñetas a la consolidación de un lenguaje gráfico inconfundible hay un mismo hilo: la curiosidad como oficio y el humor como herramienta para dar voz a las contradicciones y los absurdos de la vida cotidiana mexicana.
El juego: entre arte y deporte
En 1965, ya consagrado como caricaturista, Quezada empezó a pintar por su cuenta, sin maestros ni escuela. Impulsado por la nostalgia y por la admiración a sus ídolos, interpretó en óleo y acuarela el béisbol de su infancia en Comales, el boxeo, el tenis, el billar y la natación. Retrató a Fernando Valenzuela y a Kid González con la misma devoción con que otros pintaron santos. El resultado es un lenguaje propio —fresco, humorístico, lírico— en el que, como en el deporte, la estrategia y la espontaneidad se equilibran para transmitir el espíritu del juego.
Saludo a la bandera en un juego de béisbol #2, La estación de Comales —el pueblo de la memoria, varado en el desierto— y Jugador de billar. Tres estampas de un México interior contadas con ternura y sin una sola concesión al academicismo.
Crítica y humor en la cancha
En 1954, Quezada fue enviado como reportero al Mundial de Suiza, una experiencia que marcó para siempre su mirada sobre el fútbol. Sus cartones —publicados en Ovaciones, Excélsior y Novedades— funcionan como un espejo que filtra con ironía las pasiones de la afición, el coro del «sí se puede» y las contradicciones del espectáculo deportivo. Sus pinturas de fútbol, en cambio, capturan el dinamismo del juego en escenarios urbanos transformados por la imaginación. Juntos, cartón y óleo, revelan una mirada que trasciende la cancha para interrogar la identidad, el poder y la cultura popular.
La sentencia resume a Quezada entero: el humor como forma superior de lucidez, el deporte como refugio y como espejo, la muerte mexicana convertida en confidente irónica. No es casual que la revista Time lo reconociera en 1989 como uno de los diez mejores dibujantes del mundo, ni que entre 1981 y 1987 ilustrara portadas para The New Yorker. Quezada fue universal precisamente por ser hondamente mexicano.
¿Quién fue Abel Quezada?
Abel Quezada Alarcón (Monterrey, 1920 – Cuernavaca, 1991) fue una de las figuras más versátiles de la cultura mexicana del siglo XX: dibujante, pintor autodidacta, periodista, cronista de viaje y observador implacable de la realidad nacional. Pasó la infancia entre distintas ciudades del país y desde muy joven mostró una afición irrefrenable por el dibujo. En 1936 llegó a la capital, donde desarrolló una carrera extraordinaria: sus cartones animaron las páginas de Esto, Ovaciones, Novedades y Excélsior. Murió en Cuernavaca en 1991, dejando un país entero dibujado.
Que sea un museo como el Kaluz —joven, abierto, obsesionado con acercar el arte a todos— quien devuelva a Quezada al centro de la conversación dice mucho del mejor momento de la museografía mexicana. Aquí no hay solemnidad: hay alegría, pelota y línea. Exactamente lo que él habría querido.