Museo del Prado · Pedro José Díaz: dos retratos virreinales peruanos del siglo XVIII
El Prado incorpora en depósito de la Fundación Don Álvaro de Bazán dos lienzos capitales de la pintura limeña: la condesa del Puerto y su marido, Correo Mayor de las Indias. Dos criollos de oro y grana que regresan a la metrópoli dos siglos y medio después, cuando ya nadie los espera. Detrás del brocado, la historia de un imperio que se retrataba a sí mismo mientras empezaba a hacer agua.
Míralos bien, porque llevan doscientos cincuenta años posando para este momento. Ella, doña Joaquina, plantada en mitad de un mar de brocado dorado, con las joyas justas para que sepas quién manda y un pasador reflejándose en el espejo del tocador, coqueta hasta en el detalle que casi nadie ve. Él, don Fermín, tieso como una vara de mando, casaca negra, chupa de grana, la banda de la Orden de Carlos III cruzándole el pecho y el bastón bien agarrado, no vaya a ser que alguien dude de quién paga al pintor. Dos criollos de Lima retratados en lo más alto de su fortuna. Y ahí siguen, sin pestañear, en la sala 22 del Villanueva, esperando a que un imperio que ya no existe vuelva a mirarlos.
Conviene saber de dónde vienen estos dos, porque la cosa tiene su miga. Doña Joaquina Nimpha de Carvajal y Vargas nació en Lima en 1726 y se casó en 1741, a los quince años, con su primo Fermín, un chileno de Concepción tres años mayor. Endogamia de la buena, de la que junta apellidos y no reparte patrimonios. Y menudo patrimonio: en 1753 la dama heredó de su madre el título de Correo Mayor de las Indias, que no era una medalla para lucir en misa mayor sino el monopolio del correo en medio mundo, una máquina de hacer dinero que Fermín disfrutó desde 1755, cuando Carlos III se lo aprobó por real cédula. Lo dicen los escudos de armas pintados arriba, con sus divisas, no fuera a olvidársele a nadie.
No es arte de vencedores ni de vencidos: es el arte de los que mandaban en Lima y se creían eternos, pintado por quien sabía que nada lo es.
El pincel que los fijó para la posteridad fue el de Pedro José Díaz, uno de los mejores retratistas de la Lima del último virreinato, activo entre 1771 y 1814. En España apenas se conservaba una obra suya —el retrato del virrey Amat que guarda Barcelona—, de modo que estos dos lienzos no son un capricho de coleccionista: son un hueco que se rellena, una página que faltaba. Y aquí está el detalle que a uno le eriza el oficio: en el retrato de don Fermín, si se mira con la luz adecuada, asoma el fantasma de otra pintura debajo. El hombre se hizo retratar de comandante, y cuando en 1791 le cayó la Orden de Carlos III, mandó sobrepintar el uniforme con el de teniente general. Es decir, se corrigió a sí mismo. Se ascendió a brochazos. Cualquiera que haya reescrito su propia biografía para quedar mejor en la foto entenderá el gesto sin necesidad de traducción.
Porque de eso va, en el fondo, esta historia. De vanidad y de tiempo. Mientras Pedro José Díaz remataba estos brocados con paciencia de orfebre, en la sierra del propio Perú ardía la rebelión de Túpac Amaru, y al otro lado del Atlántico la Ilustración afilaba las ideas que en tres décadas se llevarían por delante el mundo entero que estos dos retratos daban por descontado. Don Fermín no lo vio: murió en Madrid en 1797, lejos de su Lima, convertido en lo que tantos criollos ricos acababan siendo, un provinciano de lujo en la corte de la metrópoli. Alcanzó a ser teniente general y a que le repintaran la casaca. No alcanzó a ver cómo se hundía el barco.
Y hablando de barcos: no es casual que estas dos telas lleguen al Prado de la mano de la Fundación Don Álvaro de Bazán. El nombre no es decorativo. Bazán fue el marino que jamás perdió un combate, el que soñó la Gran Armada y tuvo el buen tino de morirse antes de verla naufragar, el mejor almirante que tuvo aquella España que se creía dueña de los dos océanos. Que sean sus herederos quienes devuelven al reino estos rostros pintados en la otra orilla tiene algo de justicia poética y de ajuste de cuentas con la memoria. Los galeones de la carrera de Indias hacían el tornaviaje cargados de plata; ahora, siglos después, hacen un último viaje cargados de caras. Las mismas caras que la plata pagó.
De modo que ya lo saben. El que pase por la sala 22 y se detenga ante estos dos limeños de oro y grana no está mirando dos cuadros bonitos de una época remota. Está mirando a los ojos a los que mandaban, a los que se creían el centro del mundo y lo fueron durante un rato, a los que se hicieron retratar para durar y —maldita sea la ironía— lo consiguieron. El Prado, que durante dos siglos miró casi solo a Europa, ha entendido por fin que su historia también se pintó en Lima, en México, en Quito, en el reverso americano del mismo imperio. Más vale tarde. Estos dos, desde luego, no tenían ninguna prisa: llevaban doscientos cincuenta años esperando a que volviéramos a acordarnos de ellos.