Jorge M. Pérez: el coleccionista que hizo de un continente su escaparate y su espejo
Con la colección que ahora desembarca en Sevilla, el filántropo cubano-estadounidense Jorge M. Pérez ha hecho algo más que reunir obras: ha construido un relato del arte americano y ha resuelto compartirlo. Su legado es hoy uno de los grandes focos de difusión del arte del continente.
Hay dos maneras de reunir arte, y solo una de ellas merece el nombre de coleccionismo. La primera acumula: junta piezas como quien apila lingotes, atento al nombre y a la cotización, indiferente a lo que las obras puedan decirse entre sí. La segunda, mucho más rara y mucho más ambiciosa, entiende que una colección no es una suma sino una sintaxis, que las obras solo alcanzan su pleno sentido cuando se las obliga a conversar, y que quien las ordena está, en el fondo, escribiendo con ellas una especie de novela: la novela colectiva de una cultura que busca las palabras para nombrarse a sí misma. Jorge M. Pérez pertenece, sin ninguna duda, a esta segunda estirpe.
Nacido en Buenos Aires de familia cubana, criado entre Colombia y Argentina, formado y enriquecido después en los Estados Unidos, Pérez encarna en su propia biografía la condición que su colección explora sin descanso: la del hombre del continente entero, el que no cabe en una sola bandera porque las ha habitado casi todas. De esa experiencia del desplazamiento —que en tantos otros produce nostalgia o resentimiento— él extrajo una convicción luminosa y generosa: que el arte hecho en las Américas, ese vastísimo archipiélago que va del Caribe a la pampa y del muralismo a la abstracción, no es una periferia pintoresca del arte occidental, sino un centro por derecho propio, con su gramática, sus obsesiones y su grandeza.
Levantar una fortuna en el negocio inmobiliario de Miami y decidir emplear una parte sustancial de ella no en el consumo, sino en la construcción de una memoria visual compartida, es una elección moral antes que estética. Cuando fundó y dotó el museo que hoy lleva su apellido, y cuando más tarde abrió El Espacio 23 —ese depósito convertido en casa pública donde su colección se muestra sin cobrar la entrada—, Pérez estaba formulando una idea sencilla y revolucionaria: que lo que se posee de verdad es únicamente lo que se comparte, y que un cuadro guardado en una bóveda es un cuadro que todavía no existe del todo.
Basta recorrer la sección que el CAAC ha desplegado en la Cartuja para comprender el alcance de lo que ha reunido. No hay allí la monotonía del gusto único, ese vicio de tantos coleccionistas que terminan comprando siempre el mismo cuadro con distintos títulos. Hay, por el contrario, una polifonía deliberada: la fotografía que interroga la oscuridad y la memoria, la abstracción que busca un orden secreto en el color, el objeto que se ríe de sí mismo, la figuración que retrata a quienes la historia había dejado sin rostro. Cada obra defiende una posición; juntas, componen el mapa de un continente que discute consigo mismo en voz alta, que es la única forma en que las culturas vivas discuten.
Y ahí reside la verdadera dimensión de su legado. Porque un coleccionista que compra bien enriquece su casa, pero un coleccionista que difunde bien enriquece a los demás, y sobre todo enriquece a los artistas cuyo trabajo, sin él, seguiría confinado en el circuito estrecho de las galerías y los iniciados. Al llevar a lugares como Sevilla el pulso de la creación americana —al poner una colección privada al servicio de una investigación pública, comisariada con rigor y no exhibida como trofeo—, Pérez cumple la función más noble que puede cumplir la riqueza cuando se pone al lado de la inteligencia: convertir el privilegio en conversación, y la posesión en herencia colectiva.
Lo que se posee de verdad es únicamente lo que se comparte.
Quienes desconfían de los grandes patrimonios suelen olvidar que el mecenazgo ilustrado es una de las pocas maneras civilizadas que la humanidad ha inventado para que el dinero, esa energía ciega, se transforme en cultura, es decir, en durabilidad y en sentido. Los Médici no serían hoy sino un apellido de banqueros si no hubieran entendido que la gloria verdadera no se compra: se encarga, se protege y se regala. Salvando todas las distancias, la apuesta de Pérez pertenece a esa misma familia de gestos: la de quien sabe que el nombre de un hombre sobrevive no por lo que atesoró, sino por lo que hizo visible.
Que su colección esté ahora en la Cartuja, en la misma ciudad desde la que Europa se asomó por primera vez a América, no es una coincidencia sin gracia: es casi una figura literaria. Cinco siglos después de aquellas flotas, un hombre del continente devuelve la mirada y ofrece a la vieja puerta de Indias el retrato de lo que aquel encuentro terminó engendrando —un arte mestizo, insolente y libre—. La colección viaja, pero el sentido va en sentido contrario: es América la que viene a contarse, y es Sevilla la que, por una vez, escucha. Pocos legados de nuestro tiempo tienen esa hondura. Menos aún saben, como este, llevarla con elegancia.
Escaparate y espejo a un tiempo, la muestra se prolonga en sala tras sala, y en cada una la pintura vuelve a tomar la palabra: el color como grito, la figura que se rehace, el gesto que no pide permiso. Recorrerlas es entender que un continente no cabe en una sola imagen, sino en el rumor de todas ellas juntas.
Salas de la temporada del CAAC en diálogo con la colección · Cartuja de Santa María de las Cuevas