Oscar Murillo. Llega en octubre a París con David Zwirner.
El pintor colombiano, premio Turner en 2019, inaugura el 19 de octubre «Unfinished thinking: Paintings and Social Maps». Repasamos su método y lo que ha pintado en 2024, 2025 y 2026, de los papeles sobre grabado a los lienzos colgados junto a Monet.
El 19 de octubre David Zwirner abre en París «Unfinished thinking: Paintings and Social Maps», la nueva exposición de Oscar Murillo. Antes de entrar conviene volver atrás. Murillo trabaja de manera que cada obra arrastra algo de la anterior, y París se entiende mejor si sabemos qué ha pintado en los últimos tres años.
Primero, quién es. Nació en 1986 en La Paila, un pueblo de cañaverales del Valle del Cauca, en Colombia, y llegó a Londres con diez años, cuando su padre, sindicalista, obtuvo asilo político. Firma con el apellido de su madre. Estudió en la Universidad de Westminster y en el Royal College of Art, donde terminó el máster en 2012, y en 2019 compartió el Premio Turner con los otros tres finalistas, a petición de los cuatro.
Para mirar un cuadro suyo hay que saber cómo se hace. Murillo extiende la tela en el suelo y pinta sobre ella con óleo y con barra de óleo, que es óleo mezclado con cera en forma de barra. Después la cuelga, la deja, vuelve a ella meses o años más tarde y le cose otros trozos pintados en otros lugares. Por eso sus cartelas rara vez llevan un solo año. «Trabajo las telas durante años», dijo a The Guardian en 2023. «Es como hacer vinos muy buenos.» La serie «Telegram» lleva fecha de 2013 a 2024, once años de capas sobre la misma superficie.
El segundo hilo es Monet. Al final de su vida, Monet pintó los nenúfares de Giverny con cataratas, y no se operó hasta 1923. Murillo tomó aquella vista nublada y la convirtió en una idea: las cataratas sociales, la incapacidad de una sociedad entera para ver lo que tiene delante. Con ese subtítulo, «surge (social cataracts)», viene pintando desde 2021, por lo menos, grandes campos de color cruzados por trazos rápidos, y casi todo lo posterior se ordena alrededor de esa serie.
En 2024 el pintor trabajó a la vez en tres escalas. La primera se vio en Roma, en Gagosian, del 12 de abril al 7 de septiembre: lienzos como «(untitled) scarred spirits», de 280 por 275 centímetros, colgados sobre muros exentos dentro de la rotonda ovalada de la galería. Murillo describió aquellas telas como sudarios que cubren otras existencias. En la misma sala había pliegos de papel carbón dibujados a grafito, los «whispers».
La segunda, la pequeña, es la que más interesa a quien conoce el grabado. Para la serie «(untitled) anterior chamber» Murillo pintó al óleo sobre estampas calcográficas de 57 por 38 centímetros, es decir, sobre papeles impresos desde una plancha de metal grabada en hueco. La cámara anterior es la parte del ojo que queda entre la córnea y el iris; en una obra que gira alrededor de la vista, el título no está puesto al azar. Con el mismo procedimiento hizo «surge (poetics of flight)», que Gagosian enseñó en Londres del 25 de julio al 24 de agosto junto a varios «study for social cataracts» sobre papel. Los papeles no colgaban de la pared. Estaban apoyados en sillas blancas de plástico, las mismas de «Mesmerizing Beauty», una pieza que Murillo empezó en 2021 y que ya habíamos visto en Madrid, en la iglesia de San Antón, en febrero de 2023.
La tercera, la mayor, fue la de la Sala de Turbinas de la Tate Modern, del 20 de julio al 26 de agosto: «The flooded garden», unos nenúfares que pintaba el público. Y en octubre David Zwirner reunió en Londres las «manifestation» de 2023-2024, pintadas con óleo, aerosol, grafito y tierra, junto a «A song to a tearful garden», un lienzo cubierto de pétalos y tallos de flores que Murillo dedicó a su amiga Jaqueline Soto.
El año 2025 llevó la obra lejos de Londres. En Atenas, entre el 20 de junio y el 30 de agosto, Gagosian colgó «A Telegram to my dear Suki», dedicada a la artista coreana Suki Seokyeong Kang, muerta ese año; la dedicatoria la cita para tomar un galbitang (un caldo coreano de costilla de ternera) en cuanto él aterrice. En São Paulo, en la 36.ª Bienal, del 6 de septiembre al 11 de enero de 2026, llevó un tríptico «surge» de 135 por 360 centímetros, unas marinas pintadas sobre cartón para «Mesmerizing Beauty» y una nueva versión colectiva de «A song to a tearful garden» en el parque de Ibirapuera. El Castello di Rivoli, en Turín, colgó desde septiembre sus «Disrupted Frequencies», lienzos escolares de «Frequencies» cosidos entre sí.
En 2026 todo esto se condensó en dos sitios. El primero fue Ciudad de México, donde kurimanzutto abrió del 4 de febrero al 27 de marzo «el pozo de agua», su primera individual en la sede de la galería. Allí los cuadros estaban hechos con fragmentos de tela acumulados durante años, y a veces una pintura se trasladaba encima de otra. Magalí Arriola, autora del texto de la exposición, define el pozo como una reserva de recursos, experiencias y saberes que va de lo íntimo a lo colectivo. Murillo lo escribió a su manera: «arterias de vida hondas, siempre misteriosas, veinte pies más abajo (unos seis metros): mi pozo de agua».
El segundo fue Potsdam. Del 14 de marzo al 9 de agosto, DAS MINSK y el Museum Barberini pusieron su obra junto a tres Monet de la colección Hasso Plattner. Allí estaban una «(untitled) scarred spirits» de 2025, de 220 por 300 centímetros, y un tríptico «surge (social cataracts)» de 250 por 750. «Monet y sus cuadros son un recipiente a través del cual entiendo la paradoja», declaró. Pocos pintores vivos aguantan esa vecindad sin salir empequeñecidos. Murillo la aguantó.
Y con eso llegamos a París. «Unfinished thinking: Paintings and Social Maps» (Pensamiento inacabado: pinturas y mapas sociales) estará en el número 108 de la rue Vieille du Temple, en el Marais, del 19 de octubre al 19 de diciembre, de martes a sábado, de 11.00 a 19.00. Es la segunda individual de Murillo en esa sala, después de «News», en 2020. Murillo trabaja con Zwirner desde 2013, y es una buena señal: galería que mantiene un elenco cuidado y coherente. El título de la exposición describe con exactitud su método. Murillo vive y trabaja en La Paila.
