Las señoras tiran del carro: lo que cuesta (de verdad) el arte de Iberoamérica
Hemos puesto sobre la mesa de la redacción las fichas de lote de Sotheby's de los últimos seis años —de las veladas de Nueva York a las ventas en línea— y el veredicto es doble y delicioso: las cotizaciones más altas llevan nombre de mujer, con Remedios Varo rematada en 4,17 millones de dólares y Leonora Carrington en 28,5, y un escalón más abajo los grandes maestros del continente siguen comprándose por el precio de un utilitario alemán. Quien quiera formar una colección seria de arte creado en Iberoamérica, que tome nota: la ventana sigue abierta, pero se está cerrando.
Hay que decirlo sin anestesia: durante décadas el mercado trató al arte de Iberoamérica como a un pariente pobre al que se invita a la boda pero se sienta lejos del pastel. Las casas de subastas lo despachaban en ventas «regionales» de tarde, los manuales lo reducían a tres muralistas y un realismo mágico de aeropuerto, y los museos del norte lo coleccionaban con la mala conciencia de quien compra tarde y barato. Pues bien: las fichas de lote que este periódico ha revisado —Sotheby's, entre 2020 y febrero de 2026, con el contraste de Christie's y Phillips— cuentan otra película. Y en esta película mandan las señoras.
Empecemos por el techo, que es donde se mide la altura de una casa. El récord absoluto del surrealismo hecho en México lo tiene una mujer: Les Distractions de Dagobert (1945) de Leonora Carrington se remató en Sotheby's Nueva York, en mayo de 2024, en 28.485.000 dólares, comprada por Eduardo Costantini para su museo de Buenos Aires tras haber sido superado en la puja por la misma tabla treinta años antes. Ninguna obra de Lam, de Matta, de Botero o de Tamayo ha olido jamás esa cifra. Y no fue un rayo aislado: seis meses después la casa ofrecía La Grande Dame de la misma artista estimada en 5–7 millones, y Temple of the Word en 3–5.
La segunda plaza del podio también es de señora. Esquiador (Viajero) (1960) de Remedios Varo, una tablita de 44 por 32 centímetros que perteneció a la actriz María Félix, salió en la Modern Evening Auction de mayo de 2024 con estimación de 1–1,5 millones, propiedad garantizada y ofertas irrevocables —la artillería financiera que las casas reservan a los valores sobre los que no admiten dudas—. Resultado: 4.174.000 dólares, un martillo de 3,4 millones que cuadruplicó la estimación baja. Cuando una obra multiplica por cuatro su salida en una velada nocturna, no es una anécdota: es un mercado entero votando con la paleta en alto.
Cuando una obra multiplica por cuatro su estimación en una velada nocturna, no es una anécdota: es un mercado entero votando con la paleta en alto.
Las magas mandan (y también corrigen)
Seamos honrados, que para eso está esta casa: el mercado no es una escalera mecánica. La Return of Boadicea (1969) de Carrington que ilustra esta portada salió en noviembre de 2025 estimada en 1,2–1,8 millones y quedó sin vender; Sotheby's la reoferta en Londres en junio de 2026 con la estimación recortada a 600.000–800.000 libras. ¿Debilidad? Al contrario: lección. La cifra dice que ni siquiera el nombre más caliente del momento tolera estimaciones de euforia, y que el coleccionista informado —el que lee las fichas y no los titulares— encuentra ahora mismo una segunda oportunidad sobre una obra expuesta en LACMA y portada de catálogo en Dallas. Apunten la fecha: los remates fallidos de noviembre son las gangas de junio.
La cotización de Varo, además, tiene detrás una década de consistencia que ya la quisieran muchos índices bursátiles: Vampiros vegetarianos, 3,3 millones en 2015; Simpatía (La rabia del gato), 3,14 en 2019; Creación con rayos astrales, 3,42 en 2022; Ritos extraños, estimada en 2–3 millones en mayo de 2025. Pintó poco —murió en 1963, en plena madurez— y esa brevedad es hoy la angustia de los coleccionistas: oferta mínima, demanda planetaria. Cuando no hay subasta, hay vitrina de lujo: la propia casa ofrece en venta privada, «precio a petición» —ese eufemismo que significa si tiene que preguntarlo, quizá no es para usted—, la exquisita Mujer lechuza volando (1957), técnica mixta y vidrio cubierto de pan de oro, quince centímetros de pura brujería.
El oro tejido y el aluminio que vale su peso en platino
El fenómeno no se agota en el surrealismo. La colombiana Olga de Amaral, que tejía muros cuando la crítica llamaba «artesanía» a todo lo que llevara lana, es el caso de revalorización más limpio que conoce este cronista: su récord de subasta era de 245.000 dólares en 2014; hoy es de 1.168.400 dólares (Imagen perdida 27, Phillips, mayo de 2025), con otro remate de 1,14 millones el mismo mes en Sotheby's. Multiplicar por cinco en una década, con retrospectiva en la Fondation Cartier de París viajando al ICA de Miami y sala en el MoMA: eso, en cualquier parqué, se llama valor en tendencia. Su monumental Muro (1977, crin y lana, siete metros por cuatro) salía en 2020 estimado en 260.000–350.000; su Eslabón en torsión (1973) se ofrece hoy en venta inmediata a precio reservado. Vaticinio de la casa: Amaral entrará en el club de los dos millones antes de 2030, y quien compró crin y lana en 2020 habrá hecho el negocio de la década.
La brasileña Lygia Clark, madre del neoconcretismo, coloca un Bicho desfolhado (1960) —aluminio plegable, apenas treinta centímetros, versión primera con certificado de O Mundo de Lygia Clark— estimado entre 400.000 y 600.000 dólares en mayo de 2025: oro por gramo de metal doblado, y bien merecido, porque cada Bicho que entra en un museo es uno menos que volverá al mercado. Y la paulista Marina Perez Simão (1980), la más joven de esta crónica, ya se estima entre 100.000 y 150.000 dólares con cuarenta y cinco años. La cadena está completa: de las abuelas fundadoras a las nietas, las mujeres sostienen hoy el techo del mercado iberoamericano.
Los maestros, a precio de ganga (todavía)
Y aquí viene la parte que debería quitarle el sueño a más de un coleccionista europeo: mientras las señoras rompen techos, los nombres que fundaron la modernidad del continente siguen cotizando a precios que, comparados con sus equivalentes europeos o norteamericanos, rozan el escándalo por lo bajo. Un óleo de metro por metro treinta de Matta —Cytherance, 1972, con certificado de Ramuntcho Matta— salía en febrero de 2026 estimado en 50.000–70.000 dólares: el precio de un recién graduado con suerte en Nueva York, por el chileno que enseñó a Pollock y a Gorky por dónde iba el siglo; en la misma serie de resultados, un Matta temprano, Espace de l'espèce, se adjudicó en 8.960 dólares, menos que una litografía de Banksy. Una Composition fantastique (1970) de Wifredo Lam, entre 60.000 y 90.000. Un óleo de dos metros de Guillermo Kuitca, el argentino de las cartografías del desasosiego, entre 30.000 y 50.000.
El gran formato de Fernando Botero tampoco desentona: The House of Ana Molina (1972), sanguina, carboncillo y pastel de más de dos metros, vendida en beneficio del Nassau County Museum of Art, salía en septiembre de 2024 estimada en 400.000–600.000 dólares — la mitad de lo que cuesta un piso mediano en el barrio de Salamanca, por el dibujante vivo más reconocible del continente hasta su muerte en 2023.
Por lo que cuesta un bolso de temporada en la calle Serrano, uno puede llevarse a casa un Orozco del patrimonio del propio Orozco.
¿Papel? Mejor aún. Un Combate de la serie Los Teules de José Clemente Orozco —procedente del propio patrimonio del muralista— se estimaba en noviembre de 2025 entre 30.000 y 50.000 dólares. Dos gouaches de 1965 de Francisco Toledo, el gran chamán zapoteca, de la fundación William Louis-Dreyfus, entre 15.000 y 20.000 los dos y sin precio de reserva. Los resultados recientes de las ventas de arte latinoamericano abundan en la misma dirección: un paisaje de Diego Rivera vendido en 64.000, un Figari en 53.340, un Gattorno en 73.660, un Cildo Meireles en 30.480. Cifras de mercadillo ilustrado para autores con sala propia en los museos del mundo.
La cantera: comprar mañana a precio de hoy
El tercer escalón es el que separa al coleccionista del decorador: los nombres que las ventas en línea de «descubrimientos» ofrecen por cifras de cuatro dígitos. Una construcción de madera pintada de 1956 de Loló Soldevilla —pionera del arte concreto cubano, expuesta por Sean Kelly en Nueva York— se estimaba en 10.000–15.000 dólares; su revisión historiográfica apenas ha empezado y su paralelo evidente, la venezolana Gego, ya cotiza mucho más arriba: pocas asimetrías tan clamorosas. Una gran acuarela de Los Carpinteros, metro treinta por metro ochenta, entre 6.000 y 8.000. Y dos impresiones lambda de Glenda León, de la colección Solita Cohen, entre 2.000 y 3.000: menos de lo que cuesta enmarcarlas con dignidad.
Los diez que no pueden faltar
Toda colección de arte creado en Iberoamérica que aspire a ser tomada en serio —da igual si vive en un palacete de Lisboa o en un piso de Chamberí— debería contener, a juicio de este cronista y por este orden de urgencia, obra de:
- Leonora Carrington — 28,5 millones de techo y fondo de armario en todos los museos: el valor que ordena todos los demás.
- Remedios Varo — oferta cortísima, demanda global, remates que cuadruplican estimaciones: la ecuación perfecta.
- Wifredo Lam — un moderno universal que aún cotiza como regional en el formato medio. Anomalía flagrante.
- Olga de Amaral — de 245.000 a 1,17 millones en diez años; el textil ha dejado de ser periferia y ella es su catedral.
- Fernando Botero — liquidez absoluta; el papel y el pastel de gran formato, la puerta de entrada.
- Lygia Clark — poca obra en circulación y toda la historia del neoconcretismo dentro de cada pliegue.
- Roberto Matta — maestro del surrealismo cósmico a precio de emergente neoyorquino.
- José Clemente Orozco — el más áspero y el más barato de los tres grandes muralistas.
- Francisco Toledo — el gouache zapoteca como valor refugio; el duende no se falsifica.
- Guillermo Kuitca — el contemporáneo argentino de referencia, aún en horquilla amable.
Y tres apuestas de futuro para quien llegue con el paso cambiado: Marina Perez Simão, que ya juega en la liga de las seis cifras; Loló Soldevilla, cuya relectura museística apenas empieza; y Glenda León, la ganga más elegante de este repaso.
Comprar grandes maestros aún es asequible
La conclusión admite pocas vueltas. Primera: el liderazgo femenino no es cuota ni relato, es precio de martillo —4,17 millones de Varo, 28,5 de Carrington, 1,17 de Amaral—; las mujeres tiran del carro de las cotizaciones junto a los grandes maestros —Cruz-Diez, Lam, Botero— y en varios casos por delante de ellos. Segunda: la distancia entre la importancia histórica de estos nombres y su precio sigue siendo la mayor ineficiencia del mercado global del arte, y las ineficiencias, como saben los lectores de la sección de economía, no duran para siempre. Tercera: mientras un discípulo aventajado de cualquier escuela de Londres se estrena en subasta por encima de un Matta de 1972, comprar grandes maestros de Iberoamérica seguirá siendo la operación más sensata —y más hermosa— que puede hacer el dinero con criterio. Que nadie diga dentro de diez años que no se lo contamos a tiempo. ■
Datos: fichas de lote y resultados de Sotheby's (2020–2026), Christie's y Phillips. Remates con prima del comprador incluida; el resto son estimaciones de salida. Este reportaje no constituye asesoramiento de inversión.