No es país para mecenas
Mientras Francia y los Estados Unidos blindan su cultura con leyes de mecenazgo y grandes fortunas privadas, España sigue condenando a sus creadores a la mendicidad de tres ventanillas —ministerio, comunidad y ayuntamiento—. Alegato contra una dependencia cultural que dura ya cuatro siglos.
No es país para mecenas. Y si uno se molesta en repasar las cicatrices de nuestra historia —esa costumbre tan nuestra de tropezar siempre en la misma piedra con puntería de artillero—, comprende que quizá no lo fue jamás. Se sienta uno a contemplar el panorama cultural de esta vieja, terca y cansada piel de toro, con el café enfriándose sobre la mesa, y le sube por la garganta un regusto a hiel que no hay azucarillo que corrija. Porque mientras en otras latitudes la cultura y el patrimonio se defienden como se defendía un reducto en Flandes, con las picas caladas y sin dar un paso atrás, aquí seguimos tratando a nuestros creadores, investigadores y conservadores como a pedigüeños arrimados al pórtico de una iglesia, esperando que caiga la moneda del limosnero de turno.
Crucen los Pirineos, si tienen el estómago curtido para las comparaciones odiosas. Miren a esos franceses que tanto nos gusta despellejar en la barra del bar, entre caña y caña, con la superioridad moral del que nunca ha ganado nada. Serán chovinistas, arrogantes, insoportables y todo cuanto ustedes quieran añadir a la cuenta; pero a la hora de blindar su memoria y su arte cierran filas como la Vieja Guardia en Waterloo, formando el cuadro y muriendo de pie antes que rendir la bandera. Allí el Estado no se limita a poner la pasta sobre el tapete: se ha dotado de una Ley de Mecenazgo que es una obra de ingeniería fiscal digna de Vauban. La empresa que invierte en cultura se desgrava hasta el último céntimo, y así el orgullo nacional se convierte, de paso, en un negocio redondo. Por eso el Louvre resplandece como un sol de justicia sobre el Sena, mientras nosotros llevamos décadas debatiendo, con la gravedad de un cónclave, si conviene o no arreglar las goteras del Prado.
Y si uno cruza el charco, la envidia se agria del todo y se le vuelve úlcera. Los americanos, prácticos hasta para rascarse el bolsillo, no necesitan ministerio alguno que les dicte desde un despacho qué es arte y qué no lo es. Su sistema es de una simplicidad brutal, casi bíblica: la filantropía la llevan incrustada en el ADN y en el código tributario, cosidas la una al otro con hilo de banquero. Allí cualquier millonario sabe que donar a un museo le ahorra una fortuna en impuestos y le garantiza que su apellido, grabado en bronce sobre el dintel, sobreviva a los gusanos. Son los nuevos Médici, sí, pero armados con talonario y exención fiscal en lugar de florines. Carnegie, que proclamaba que el hombre que muere rico muere deshonrado, no era un santo: era un tiburón que había entendido las reglas. Así se levantaron el MoMA, el Met, la Frick, el Getty y medio Smithsonian, con ese pragmatismo anglosajón que a nosotros nos parece de una vulgaridad imperdonable... hasta que toca pagar la factura.
El pecado nacional: la mano tendida
Aquí, por el contrario, la asfixia fiscal a la iniciativa privada arrastra un daño colateral todavía más perverso, más venenoso a la larga: el infame abrevadero de la subvención pública. Al no existir un mecenazgo civil potente y con dientes, la cultura entera se ve empujada, casi por gravedad, a comer de la mano del Estado. Y ya se sabe, desde que el mundo es mundo, que quien paga al gaitero elige la melodía y, si se tercia, también el paso de baile. El creador —otrora faro de disidencia, mosca cojonera del poder, voz que incordiaba desde la trinchera— ha trocado la pluma, el buril y el pincel por la genuflexión más aplicada. Se muerde la lengua hasta hacerse sangre y claudica por pánico cerval a quedarse fuera de la próxima convocatoria del ministerio, de la consejería o del ayuntamiento de turno. Asistimos, con la solemnidad de un funeral, al silencio sepulcral de los estómagos agradecidos, a la castración voluntaria de la independencia intelectual firmada con una sonrisa.
Quien paga al gaitero elige la melodía.
Diecisiete taifas y un sinfín de cortijos
Y aquí conviene detenerse, porque el mal español tiene una anatomía propia, un barroquismo que no se encuentra en ninguna otra parte. En otros países la dependencia es vertical y limpia: un Estado, una ventanilla, una servidumbre. Lo nuestro es un minifundio del vasallaje, un mosaico de sumisiones cruzadas. Hicimos la Reconquista para acabar con los reinos de taifas y, ocho siglos después, hemos reconstruido diecisiete con esmero de miniaturista, cada uno con su corte, su barón, su sello y su boletín oficial. El ministerio, allá en Madrid, reparte desde lo alto como un virrey distraído. Debajo, diecisiete consejerías autonómicas compiten por demostrar quién tiene la bienal más lustrosa, el premio más dotado y la feria más fotografiable, aunque la mitad no las visite ni el conserje. Y por debajo aún, en el sótano del reino, las diputaciones y los ayuntamientos, con su concejal de Cultura y Festejos que lo mismo inaugura una exposición de acuarelas que la caseta del pulpo, midiendo el mérito artístico por el número de sillas ocupadas la noche del vernissage.
El resultado de semejante ingeniería es un despilfarro cainita, redundante y estéril: diecisiete versiones de todo, diecisiete pequeños Versalles de provincias, diecisiete clientelas que hay que contentar y a las que hay que rendir pleitesía con la gorra en la mano. El artista peninsular no tiene un amo, tiene una jauría de ellos, y ha de aprender el arte imposible de lamer botas en varias direcciones a la vez sin que se le note el desdoblamiento. Es la picaresca elevada a política de Estado: el Lazarillo servía a un ciego, a un clérigo y a un escudero; el creador español de hoy sirve al ministerio, a la comunidad y al consistorio, y como el pobre Lázaro, pasa igual de hambre pero con más papeleo. Larra ya nos lo dejó escrito con letra de sangre: «Vuelva usted mañana». Han pasado casi dos siglos y el funcionario sigue diciéndolo, solo que ahora lo hace por triplicado y en tres registros administrativos distintos.
La impostura como salvoconducto
Se ha instaurado, así, una farsa espléndida donde la impostura ideológica es el único salvoconducto que abre las puertas del granero. Para sobrevivir hay que fingirse de la parroquia que toque, enarbolar el panfleto de temporada y tragarse, con cara de comulgante, la pedagogía barata que exige el burócrata antes de estampar el sello en la partida presupuestaria. El talento genuino —ese que incomoda de verdad, el que apuesta por el rigor histórico frente a la moralina de diseño— languidece en la inopia, arrinconado por no saber marcar las casillas del catecismo oficial. Basta pasearse por ciertos pasillos de las grandes ferias de arte contemporáneo, ese ARCO donde a veces el desconcierto es la única obra coherente, o repasar el listado de ayudas al cine, para comprobar cómo se riega con dinero de todos obra cuyo único mérito acreditado es marcar dócilmente la cruz en el dogma vigente.
Y lo más sangrante, lo que mueve a la carcajada amarga del que ya no espera nada, es el papanatismo transversal de la clase política. Vemos a los gobiernos que se dicen de derechas, devorados por un complejo de inferioridad de dimensiones catedralicias, aterrados ante la sola sospecha de que los llamen reaccionarios, comprando el mismo discurso de saldo para que los admitan en la fiesta. Pasan por el aro de la modernidad impostada y financian las mismas mediocridades complacientes con tal de parecer que están en la pomada, que son chicos modernos y de bien. Es un servilismo daltónico: idéntica falta de criterio, idéntico miedo cerval, pintados de distinto color según la temporada electoral. La melodía no cambia; solo se turnan los que soplan la gaita.
La partitura de siempre
Seguimos siendo, a fin de cuentas, el país de Cervantes. Aquel manco genial que recaudó impuestos para la Corona, acabó en la cárcel por las cuentas y murió pobre, enterrado de caridad y sin lápida que lo señale, mientras sus obras enriquecían a los impresores piratas de media Europa. Somos también la tierra de Larra, que se pegó un tiro a los veintisiete años harto de escribir en un país sordo, y la de un Goya que hubo de pintar retratos de quienes despreciaba para poder pagar la cera de sus aguafuertes. Han pasado los siglos, se han sucedido los regímenes, las banderas y los himnos, y la partitura es exactamente la misma, nota por nota. Un país que castiga sistemáticamente al que sobresale, que le pone zancadillas al rico para que no invierta en belleza, y que somete a sus artistas a la mendicidad de tres ventanillas, es un país condenado a vivir de las limosnas de su propio pasado. A malvender el patrimonio de los abuelos porque fue incapaz de honrar el talento de los vivos.
El mecenazgo tiene nombre y cuenta corriente
Y que no me venga nadie con que hablo de abstracciones, de brumas teóricas de tertuliano. Pongamos nombres sobre la mesa, que es donde se ven las costuras.
Miren el Metropolitan de Nueva York, el templo del arte de medio planeta: nació en 1870 porque un puñado de particulares decidió que el asunto era demasiado serio para dejárselo al Estado, al que su propio comité fundador consideró sencillamente incapaz de dirigir semejante empresa. Siglo y medio después, la ciudad posee las paredes y aporta poco más que una décima parte; el resto —la sangre que mantiene vivo al gigante— lo ponen los donantes. Su fondo patrimonial ronda los tres mil quinientos millones de dólares y sufraga entre la cuarta parte y casi un tercio del presupuesto anual, y más del sesenta por ciento de su financiación procede de donaciones privadas, corporativas, legados y suscripciones. Ni una consejería a la vista. Ni un sello ministerial. Y a su alrededor, todo un ejército de instituciones levantadas a golpe de talonario personal: la Frick, la Morgan, el Guggenheim, el Whitney y el MoMA nacieron todos de la fortuna del ricacho de turno, y los más recientes —el Broad de Eli Broad, el Kimbell de su fundación— repiten la partitura sin desafinar una nota.
Bajemos del cuadro a la música, que ahí la cosa raya en lo heroico. En Estados Unidos, agárrense, ninguna orquesta sinfónica cubre sus gastos con la taquilla; ni una sola, jamás, en toda su historia. La de Boston la fundó Henry Lee Higginson, que durante treinta y siete años cerró cada ejercicio sacando la pluma y firmando de su bolsillo el cheque que enjugaba el déficit. Eso es un mecenas y no las medallas de nuestros patronatos. ¿Y el Estado federal? La limosnita de su agencia de las artes, cuyo presupuesto entero apenas roza los doscientos millones y que reparte propinas de saldo: a la mismísima Sinfónica de Chicago le cayeron treinta y cinco mil dólares en un ejercicio reciente, calderilla para el cepillo. La Ópera Metropolitana, la propia Chicago o el Getty prosperan gracias a sus dotaciones, sus donantes y sus socios, demostrando que las instituciones de primera no necesitan mamar del Estado para respirar.
Y si quieren emoción, vayan a la danza. El gran Alvin Ailey, gloria del baile americano, estuvo a punto de disolver su compañía en 1970 por pura asfixia económica, pese a la fama y a algún grano de subvención. ¿Quién lo salvó? El mecenazgo privado. Hoy su casa se sostiene con el patrocinio del Bank of America para la gira mundial y el músculo de fundaciones como Bloomberg, Ford o Mellon, y sus funciones más célebres viven gracias a legados dotados a perpetuidad por particulares que quisieron atarlas con un lazo para siempre. En España, un artista así habría muerto esperando el enésimo «vuelva usted mañana» de una consejería.
Ahora bien, seamos honrados, que la honradez es lo único que aquí nos queda. Nada de esto cae del cielo por generación espontánea: cae porque el Estado, en lugar de sustituir al mecenas, lo azuza con la zanahoria fiscal. Los franceses lo entendieron tarde pero bien. Su ley de 2003 concedió a las empresas una desgravación del sesenta por ciento de sus donaciones y a los particulares del sesenta y seis, y de esa chispa prendió una hoguera: la Fundación Louis Vuitton de Bernard Arnault, financiada por el imperio LVMH; la Bolsa de Comercio de François Pinault; dos titanes del lujo que hoy mandan más en el arte de París que muchos museos públicos. Y antes que ellos, la Fundación Cartier, pionera desde 1984 del mecenazgo de empresa. Sí, el contribuyente arrima el hombro por la vía del impuesto que deja de pagarse, pero el resultado es un patronato que responde ante un consejo de la sociedad civil, no ante un burócrata con carné de partido.
Y aquí viene la puñalada que más nos debería doler, porque nos retrata de cuerpo entero: Pinault quiso plantar su colección a las afueras de París, y el papeleo y la desgana de las autoridades locales lo desesperaron de tal modo que hizo las maletas y se la llevó a Venecia, al Palazzo Grassi y la Punta della Dogana. Que tomen nota los nuestros: cuando la burocracia aprieta, hasta el hombre más rico del continente coge su tesoro y se larga a otra parte. Si eso ocurre en Francia, imaginen ustedes en el reino de las diecisiete ventanillas. ■
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