«Constelaciones y derivas»: la Colección FEMSA reescribe el arte de América Latina en el MARCO de Monterrey
Ciento setenta y cuatro obras de más de un centenar de artistas componen la revisión más extensa que la Colección FEMSA ha ofrecido de sí misma en México. Con ella, el acervo inaugura la celebración de su medio siglo y abandona el relato lineal para proponer otra cosa: una bóveda de constelaciones, un cielo de arte latinoamericano donde cada obra se define por las obras que la rodean.
Hay una frase mía que ha corrido más de lo que yo hubiera querido, y que sin embargo viene aquí como anillo al dedo: yo soy yo y mi circunstancia. Ninguna obra de arte es una isla; ninguna se explica por sí sola. Cada cuadro, cada escultura, cada tapiz es él y su alrededor, y salvar ese alrededor es la única manera de salvar la obra. Eso, y no otra cosa, ha entendido la Colección FEMSA al abrir en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey su exposición Constelaciones y derivas: arte de América Latina desde la Colección FEMSA. En el año en que el acervo cumple cincuenta años, ha preferido a la celebración complaciente el ejercicio más difícil y más noble: volver a mirarse. Ciento setenta y cuatro obras de más de cien artistas ofrecen la lectura más amplia que este fondo ha dado de su propia sustancia en suelo mexicano, y a la vez, sin contradicción, una ventana abierta de par en par hacia lo que aún no es.
Conviene decir en seguida de qué acervo hablamos, porque su hondura no se improvisa. Durante cinco décadas, la Colección FEMSA ha ido reuniendo las obras de artistas de generaciones sucesivas, y en esa acumulación paciente ha quedado depositada, como un sedimento fértil, la evolución, la complejidad y la diversidad de cuanto se ha creado en la región, con un acento particular puesto sobre el arte mexicano. No es un almacén de nombres ilustres; es un organismo que ha crecido. Y un organismo, a diferencia de un catálogo, tiene edades, tiene memoria, tiene porvenir. De ahí que la muestra sea a un tiempo balance y promesa: mira hacia atrás sin nostalgia y hacia delante sin vértigo.
Lo primero que sorprende al visitante avisado es lo que la exposición renuncia a hacer. No hay aquí el consabido pasillo cronológico, esa cinta transportadora que arrastra al espectador de la sala «años cuarenta» a la sala «años ochenta» como si el arte fuese un tren con estaciones. En lugar de la línea, el comisariado ha elegido la constelación: una estructura que permite trazar relaciones entre obras de épocas distintas, de geografías distintas, de generaciones distintas, siempre que las una una pregunta compartida. El tiempo deja de ser un raíl y pasa a ser un cielo. Y en el cielo, como se sabe desde los pastores caldeos, las figuras no las dibujan los astros, sino la mirada que los enlaza.
Beto Díaz Suárez, curador de la Colección FEMSA, lo formula con una lucidez que agradezco por lo que tiene de renuncia a la soberbia: el modelo de constelaciones, dice, nos permite entender que no existe una sola historia del arte latinoamericano. Se trata, más bien, de una red de conexiones que puede reconfigurarse continuamente y que genera lecturas nuevas entre artistas que trabajan desde contextos y momentos distintos. Reparen en la palabra decisiva: no hay una historia, hay historias, y cada una es verdadera desde su punto de vista. La realidad, también la realidad artística, sólo se entrega en perspectivas, y la suma de las perspectivas no es el caos, sino la única verdad accesible al hombre. Quien pretende la mirada única no alcanza más objetividad: alcanza sólo tuerta la ceguera.
Cinco líneas para leer un continente
La empresa la firman cuatro voluntades concertadas: Eugenia Braniff, Paulina Bravo y el propio Beto Díaz Suárez, curadores de la Colección FEMSA, junto a Adriana Melchor, curadora independiente. De su trabajo han salido cinco constelaciones, cinco líneas de investigación que no son compartimentos sino direcciones de una misma brújula: Territorios; Estructuras coloniales; Debatiendo la abstracción: geometría y forma en América Latina; Alquimia; e Identidades. No son cinco temas de escuela, sino las cinco preguntas que hoy orientan el crecimiento vivo del acervo. Dicho de otro modo: la exposición no explica lo que la colección fue, sino que exhibe lo que la colección está pensando.
Paulina Bravo, curadora en jefe, ha explicado por qué esta aproximación le importa: permite revisitar el fondo desde una perspectiva contemporánea. Más que presentar una revisión histórica, aclara, interesa mostrar cómo las preguntas que atraviesan el arte latinoamericano continúan resonando en el presente; y al poner en diálogo las obras emblemáticas del arte moderno con los artistas de hoy, la muestra abre formas inéditas de acercarse a la colección. He aquí una idea que suscribo entera: lo clásico no es lo pretérito, sino lo que sigue haciéndonos preguntas. Una obra deja de ser vieja en el instante mismo en que nos interpela; y una pregunta bien planteada abole los siglos que separan a quien la formula de quien la recoge.
Ese diálogo no es una figura retórica: se ve en las paredes. La muestra reúne a figuras capitales del arte latinoamericano, entre ellas Jesús Rafael Soto, Rufino Tamayo, María Izquierdo, Diego Rivera, Joaquín Torres-García, Fanny Sanín, Helen Escobedo y Gego, y las hace convivir con adquisiciones recientes y con artistas contemporáneos cuyas prácticas ensanchan las perspectivas del fondo. La vecindad no es arbitraria. Cuando el maestro moderno y el creador de anteayer comparten muro, ninguno de los dos sale indemne: el antiguo se rejuvenece y el reciente se ahonda. Es la ley secreta de toda buena convivencia, la que hace que dos generaciones bajo un mismo techo se corrijan y se completen.
Eugenia Braniff, curadora asociada y consejera del acervo, señala el fruto de esa operación con precisión de orfebre: las constelaciones permiten relacionar obras que históricamente no se habían leído juntas, y ese ejercicio nos deja mirar la colección desde el presente y proyectar cómo queremos seguir construyéndola hacia el futuro. La frase encierra toda una filosofía de la memoria. Recordar no es guardar cosas en un desván; es reordenarlas cada vez que las miramos, de suerte que el pasado cambia con nosotros. Una colección que se relee es una colección que se está haciendo; la que se limita a conservarse ya ha empezado, calladamente, a morir.
Monterrey, o el lugar donde nació la mirada
No es indiferente que todo esto ocurra en el MARCO, y no es indiferente que ocurra en Monterrey. La institución y la Colección comparten una historia próxima, y el reencuentro adquiere ahora, en el umbral del cincuentenario, un sentido casi biográfico: el acervo regresa a la ciudad donde surgió, con una exposición que revisita su origen y que, en el mismo gesto, proyecta sus líneas de investigación hacia lo que vendrá. Hay algo de retorno del hijo pródigo en esta escena, pero un retorno sin arrepentimiento: se vuelve al lugar de partida no para quedarse, sino para tomar impulso.
Taiyana Pimentel, directora del MARCO, sitúa el hecho en su justa dimensión ciudadana. El eje de la contemporaneidad de las artes visuales en Monterrey, sostiene, se encuentra en la Colección FEMSA y en el propio museo, instituciones que comparten una convicción sobre el impacto social de la creación artística, no sólo por su fuerza creadora sino por su dimensión educativa. Desde esa convicción, añade, la fundación y el museo han colaborado durante la última década en el reposicionamiento de las artes contemporáneas y de sus muchos discursos; y así, una nueva lectura de la Colección llega al recinto desde una postura transgresora en la que convergen el arte colonial, los modernismos y el arte contemporáneo, bajo una mirada crítica y profundamente joven. Subrayo esa juventud, que no es cuestión de edad sino de temple: joven es quien se atreve a mezclar lo que la costumbre mandaba separar.
Convergen, en efecto, tres tiempos que la historiografía perezosa suele mantener a distancia. Lo colonial, con su peso de estructuras heredadas y sus violencias todavía calientes; el moderno, con su fe en la forma y su apetito de universalidad; y el contemporáneo, que interroga a ambos sin la reverencia del discípulo. Que estos tres estratos coincidan en una misma sala no es un capricho de montaje: es una tesis. Sostiene que la historia de nuestro arte no es una sucesión de rupturas, sino una conversación que continúa, y en la que los muertos siguen tomando la palabra siempre que haya un vivo dispuesto a escucharlos.
Una exposición que se activa más allá de las salas
La muestra no se contenta con colgar obras: quiere ocurrir. A las piezas del acervo suma una obra comisionada al artista argentino Ad Minoliti, concebida no como cuadro sino como espacio activo dentro del recorrido. Su proyecto propone el collage como herramienta para explorar la construcción de las identidades, y no se agota en la contemplación: se activará mediante talleres y encuentros con artistas, activistas e investigadores. El collage, esa técnica humilde de recortar y pegar, se revela así como la más filosófica de todas, porque enseña que la identidad no es un bloque de mármol que se hereda, sino un montaje que cada cual compone con los fragmentos que la vida le reparte.
En torno a ese núcleo se despliega un programa público llamado a ensanchar los ejes conceptuales de la exposición mediante charlas, talleres, activaciones artísticas y encuentros interdisciplinarios. La intención declarada es generar espacios de diálogo en los que públicos distintos establezcan conexiones propias con las obras. Y aquí me permito insistir en algo que llevo dentro de mí desde hace mucho: el museo no debe ser una capilla donde se adora en silencio, sino una plaza pública donde se discute en voz alta. La obra no se completa cuando el artista deja el pincel, sino cuando el espectador, mirándola, se atreve a pensar por su cuenta.
El tiempo deja de ser un raíl y pasa a ser un cielo. Y en el cielo las figuras no las dibujan los astros, sino la mirada que los enlaza.
Entre las derivas del proyecto destaca una de rara inteligencia: Rutas Metabólicas, iniciativa que prolonga las reflexiones de la muestra hacia otros rincones del museo. A través de residencias con cocineros invitados, explora las relaciones entre arte, territorio, memoria y procesos de transformación tomando la cocina como laboratorio. La ocurrencia es más seria de lo que parece: cocinar es transformar la materia por el fuego y el tiempo, y en esa alquimia doméstica se cifra una metáfora exacta de lo que hace todo arte con lo que toca.
Las propuestas nacidas de esas residencias se servirán en el restaurante del museo como menús temporales inspirados en las constelaciones de la exposición, y proponen una experiencia que invita a pensar el conocimiento no sólo con la mirada, sino también con el cuerpo y con los sentidos. Celebro la audacia. Demasiado tiempo hemos creído que se comprende únicamente con la cabeza, olvidando que el hombre es una unidad, y que el paladar, el olfato y el tacto tienen también su modo de entender. Un saber que no pasa por el cuerpo es siempre un saber a medias.
La biografía de un acervo
Toda institución que merezca ese nombre tiene una biografía, y la de la Colección FEMSA arranca en 1977. Desde entonces ha ido levantando un fondo que es hoy referencia en México y en América Latina, y que ahora, camino de su cincuentenario, reafirma su empeño en generar espacios de encuentro entre personas, ideas y comunidades. A lo largo de cinco décadas ha sido, además, un agente decisivo en la profesionalización del campo artístico y en la colaboración con instituciones dentro y fuera del país. Su historia está atada a espacios pioneros como el Museo de Monterrey, que funcionó entre 1977 y 2000, donde la Colección empezó a consolidarse ante el público y donde se formaron los primeros núcleos de su acervo.
Al cerrarse aquella etapa de museo con sede fija, la Colección hizo de la necesidad virtud y asumió un carácter itinerante, ampliando su presencia mediante colaboraciones con museos y organizaciones de regiones diversas. Ese peregrinar, lejos de disolverla, la definió: sentó las bases de apertura, de colaboración y de movilidad que todavía hoy la caracterizan. Hay colecciones que se momifican en un edificio y colecciones que se hacen camino al andar; ésta pertenece, por fortuna, a la segunda especie, y su regreso a Monterrey no contradice su nomadismo, sino que lo corona.
Su propósito declarado lo comparto sin reservas: generar espacios de conexión, de reflexión y de diálogo a través del arte. El acervo es para ella el punto de partida de propuestas y contenidos orientados a la divulgación y a la investigación de las más variadas manifestaciones, de modo que hagan posible aproximaciones significativas al arte moderno y contemporáneo latinoamericano y fomenten el pensamiento crítico, la creatividad y la participación ciudadana. Y mirando al futuro, la Colección apuesta por incorporar las miradas históricamente relegadas, por fortalecer el diálogo con audiencias diversas y por desarrollar proyectos que respondan a los retos culturales, sociales y ambientales de nuestro tiempo. Devolver la voz a quien no la tuvo no es concesión sentimental: es reparar una injusticia epistemológica, porque cada mirada suprimida es una porción de verdad que le fue amputada al conjunto.
Detrás de la Colección late una empresa, FEMSA, que genera valor económico y social a través de sus negocios e instituciones y que aspira a ser el mejor empleador y el mejor vecino de las comunidades donde opera. Participa en el comercio minorista —con OXXO y sus formatos afines en América y con Valora en Europa—, en el sector de la salud, en los servicios financieros digitales de Spin y, en la industria de bebidas, a través de Coca-Cola FEMSA, el mayor embotellador del sistema Coca-Cola por volumen; emplea a más de trescientas noventa y dos mil personas en dieciocho países y figura en varios de los índices internacionales de sostenibilidad. No suelo detenerme en las cifras de las corporaciones, pero anoto aquí una convicción antigua: el mecenazgo es una de las formas más civilizadas en que la riqueza se justifica a sí misma, devolviendo al espíritu común parte de lo que la fortuna concentra.
La casa que recibe
Falta hablar de la casa, y la casa tiene también su historia. Desde su inauguración en 1991, el MARCO se ha consolidado como uno de los centros culturales de mayor importancia de América Latina, con un papel de primer orden en la difusión del arte contemporáneo internacional y un acento puesto sobre las artes visuales latinoamericanas. Las cifras de su trayectoria impresionan sin necesidad de énfasis: doscientas noventa y tres exposiciones, individuales y temáticas, y la obra de más de mil artistas venidos de todo el mundo, entre ellos algunas de las figuras más influyentes del arte moderno y contemporáneo. Un museo, al cabo, no es sino la suma de las conversaciones que ha sabido hospedar.
Bajo la dirección de Taiyana Pimentel Paradoa desde 2019, el museo ha afinado su vocación en torno a las retrospectivas de artistas mexicanos que, a mitad de carrera, brillan en la escena internacional; el ejemplo más reciente fue Teresa Margolles. ¿Cómo salimos?, primera revisión de la trayectoria de la artista en el continente americano. A esa labor expositiva suma un amplio programa educativo que va de las visitas guiadas y los talleres a los cursos, las conferencias y los programas comunitarios, todos ellos empeñados en acercar al público al arte de nuestro tiempo. Enseñar a mirar es la más alta de las pedagogías, porque quien aprende a ver un cuadro aprende, sin saberlo, a ver el mundo.
Con una clara voluntad de futuro, el MARCO sigue transformándose para responder a los retos del arte contemporáneo, y refuerza su influencia mediante exposiciones innovadoras, programas educativos inclusivos y espacios para la reflexión crítica; su tarea, dice, va más allá de exhibir arte, y busca un diálogo hondo entre el público y las expresiones de hoy. En ese propósito y en Constelaciones y derivas late una misma convicción, que es la mía y con la que cierro: el arte no se conserva mirándolo desde lejos, sino conversando con él de cerca. La colección que la Colección FEMSA nos muestra en Monterrey no es un panteón donde reposan las obras, sino un cielo nocturno donde todavía titilan; y las figuras que en él veamos dependerán, como siempre ha dependido todo lo importante, de la calidad de nuestra mirada.