Pintar de memoria, con el país entero dentro
Manuela Solano perdió la vista y siguió pintando. Lo hace de recuerdo, a brochazos, sin pedir permiso y sin pedir perdón. De ahí sale una obra que huele a rótulo de calle, a telenovela y a barrio, y que lleva pegada —como el polvo a las botas— la esencia del sitio de donde viene.
Vayamos por delante con lo que importa, que es lo que casi nadie se atreve a decir. Manuela Solano no pinta bien en el sentido en que lo entienden los que miden la pintura con escuadra y cartabón. Pinta plano, pinta tosco, pinta como quien no ha ido a la academia o, peor todavía, como quien fue y decidió olvidarlo todo. Y sin embargo ahí está la obra, colgada en la nave más noble de Sevilla, aguantando el tipo bajo un techo de madera que tiene quinientos años, sin que le tiemble el pulso ni le sobre una pincelada. Cuando eso ocurre, amigo, es que estamos ante algo serio. Lo demás son ganas de marear.
Porque conviene recordar de dónde sale esto. Sale de la calle mexicana, que es una de las más pintadas del mundo: del rótulo del taquero y del cerrajero, del muro de la tiendita, del anuncio a mano de la peluquería, de ese arte comercial y anónimo que nadie firma y que sostiene el paisaje visual de un país entero. Sale también de la tele encendida a mediodía, de la telenovela y del dibujo animado, del santoral pop de una infancia que se crió delante de una pantalla. Solano no disimula esa cuna. Al contrario: la sube al muro sin pedirle perdón a nadie. Y esa es la primera lección de decencia que da la obra, en tiempos en que tantos fingen orígenes que no tuvieron.
Hay que entender lo que significa aquí la palabra que muchos usarán con desdén: dejadez. Suena a defecto y es, en realidad, la clave del asunto. Solano dejó de ver hace años y, en lugar de rendirse, aprendió a pintar de memoria, guiándose por hilos tensados sobre la tela, atacando el color de frente, sin la coartada del retoque ni del arrepentimiento. Lo que otros llaman descuido es, en su caso, la única manera honrada de hacerlo: no puede corregir, así que no corrige. Y esa imposibilidad, que a cualquiera hundiría, en ella se vuelve estilo. La mancha queda donde cayó. El gesto es lo que es. No hay trampa ni cartón. Rara vez la pintura ha sido tan poco tramposa.
Fíjense bien, porque el resultado engaña. Uno diría, de lejos, que son cuadros sueltos, casi de aficionado, hechos con prisa. Y son justo lo contrario: son compactos, van al grano, no les sobra un centímetro. Cada uno guarda dentro una historia entera —el deseo, la enfermedad, la identidad negada, la ternura y la rabia de vivir en un cuerpo que el mundo se empeña en no entender— y la cuenta con la economía de quien no tiene tiempo que perder ni ganas de adornarse. Es pintura de superviviente. Y la pintura de superviviente, cuando es de verdad, no admite discusión.
La mancha queda donde cayó. No hay trampa ni cartón.
Y luego está el sitio, que en esto no es detalle menor. Colgar a Solano bajo el artesonado de la Cartuja, sobre el zócalo de azulejos que decora la sala como decoran un patio de Triana, es una de esas jugadas que salen bien por instinto más que por teoría. Porque el azulejo también es arte popular, también viene del gremio y de la mano anónima, también cruzó el mar en su día. De modo que lo que parece un choque —el pop mexicano contra la piedra vieja de Sevilla— resulta ser un reencuentro. Dos maneras de que el pueblo pinte lo suyo, separadas por un océano y por cinco siglos, reconociéndose en la misma pared como quien reconoce a un pariente en la otra punta de una boda.
Al final es sencillo, aunque cueste decirlo sin ponerse solemne. Esta obra no vale por la técnica, que le trae sin cuidado, ni por el discurso, que otros le pondrán encima. Vale porque lleva dentro un poso, un sedimento de cultura que no se improvisa y que no se compra: el de un país que se pinta a sí mismo desde abajo, con lo que tiene a mano y sin pedirle permiso a nadie. Solano no ilustra México. Lo trae puesto. Y eso, que suena fácil, no lo consigue casi nadie.