Kenny Scharf llega al Thyssen. El pintor que se ríe del consumo y vende cuadros a más de 200.000 dólares
Su crítica apunta al petróleo y a la ceguera de una clase media satisfecha, y esa crítica se ha convertido en un producto de lujo que compra exactamente la gente a la que describe.
Los lunes, de doce a cuatro, la exposición de Kenny Scharf en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza es gratis gracias a Mastercard, que patrocina esas horas. Lo dice la ficha del propio museo. Un pintor que lleva más de cuarenta años avisando de lo que la Tierra paga por el consumo entra en Madrid de la mano de una tarjeta de crédito como sponsor. Tiene su gracia.
La exposición reúne 26 obras en las salas Postpop, del 29 de septiembre de 2026 al 17 de enero de 2027, con el apoyo de Almine Rech, la galería que vende sus cuadros. Forma parte de la serie dedicada a la Colección Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, que compró «Junglematic» (2023), y la comisaría Guillermo Solana, director artístico del museo desde 2005, con el atrevimiento y la libertad que le agradecemos y que mantienen el Thyssen fresco, con el aire en movimiento. La muestra se ordena en cuatro secciones sin cronología, de los paisajes a los árboles, del cosmos a las caras, y defiende una tesis: Scharf, conocido como artista del plástico y de la televisión, ha sido desde el principio un pintor de la naturaleza y de la emergencia climática. En la presentación, Solana recordó que se le ha llamado, «con razón», el profeta de los emojis, porque desplegó su repertorio de caritas «17 o 18 años» antes del primer código de emojis.
Scharf nació en Los Ángeles en 1958 y creció en el valle de San Fernando, entre los dibujos animados de Hanna-Barbera y una ciudad de coches y gasolineras donde, según él, todo parecía del espacio exterior. También entre el humo. «Había días en que apenas podía abrir los ojos y me dolían los pulmones», recuerda de los años sesenta, antes de los controles de emisiones. En 1978 se fue a Nueva York a estudiar en la School of Visual Arts y en pocos días conoció a Keith Haring y a Jean-Michel Basquiat. Andy Warhol fue su mentor. En 1981 convirtió el armario del piso que compartía con Haring, cerca de Times Square, en la primera «Cosmic Cavern», una cueva de basura de plástico pintada con colores fluorescentes bajo luz negra. En 1985 colgó en la Bienal del Whitney «When the Worlds Collide» (1984), un óleo con pintura acrílica en aerosol de 310,7 por 531,7 centímetros que hoy pertenece al museo.
La ironía sobre el consumo está en su obra desde entonces, y es literal. Ha intervenido electrodomésticos y más de 260 coches, pintados en espray, que llama «Karbombz». En 1982 convirtió a Pedro y Vilma Picapiedra en dos caracoles que se miran a los ojos. En la retrospectiva de la Brant Foundation, entre noviembre de 2024 y febrero de 2025, colgaban dos cuadros de 1978, «George Simpson's Barbecuing» y «Barbara Simpson's New Kitchen», un padre de familia con sus salchichas a la parrilla y un ama de casa en una cocina rosa que el texto de la muestra compara con la teletienda. A Artnet le habló de la hipocresía de los barrios residenciales, de cómo se puede vivir ignorando lo que uno tiene delante de las narices, y lo resumió en otra frase: «Pero si teníamos la cocina nueva, todo bien». Al Observer le dijo en noviembre de 2024 que, por muy alegre y festivo que parezca el estilo de vida estadounidense, capitalista y consumista, siempre está ahí el elefante en la habitación, el daño que causa a la Tierra.
El mercado ha recibido el mensaje con entusiasmo. En marzo de 2020, Christie's vendió en Nueva York aquel cuadro de los Picapiedra, «LOVE» (1982), por 525.000 dólares, con una estimación de 30.000 a 50.000. Según Artnet, sus treinta mejores resultados en subasta son todos posteriores a 2020, y en mayo de 2024 una obra pintada en aerosol para una subasta benéfica, la de la gala de amfAR en Cannes, alcanzó 1,1 millones de dólares. En Art Basel Miami Beach, Almine Rech ofrecía en 2021 sus pinturas nuevas a entre 100.000 y 400.000 dólares, y en 2023 colocó «LICKETY SPLIT» por una cifra de entre 210.000 y 240.000. En el otro extremo, una serigrafía de la edición «Looky» se remató en Phillips por 1.270 dólares en 2023, y el coche de juguete que diseñó para Hot Wheels en 2025 costaba 35. Antes había vestido la colección de Dior Men para la temporada previa al otoño de 2021.
Criticar el consumo y venderse a ese precio es contradictorio. Scharf lo niega sin rodeos. Cuando la revista Interview le preguntó en febrero de 2025 a quién pertenece su arte, repartido entre lienzos, ediciones y mucha mercancía, respondió que no cambia su postura ni su filosofía «ni un ápice» por hacer un objeto de consumo masivo, y que quiere llegar a todo el mundo «a distintos niveles». La respuesta es fiel a la escuela de Warhol, que dejó escrito en 1975 que ganar dinero es arte y que el buen negocio es el mejor arte. Scharf fue un alumno aplicado. Su crítica apunta al petróleo y a la ceguera de una clase media satisfecha, y esa crítica se ha convertido en un producto de lujo que compra exactamente la gente a la que describe. Sus cuadros denuncian la cocina nueva y acaban colgados en cocinas nuevas. A su favor cuenta que pinta murales gratis en la calle y que lleva desde 1981 haciendo arte con lo que otros tiran.
En la presentación de Madrid, Scharf contó que había ido alguna vez a la cárcel por pintar en la calle, que espera no repetir y que prefiere pintar en un museo. Es una preferencia razonable. También es la de sus compradores.
