Felix Gonzalez-Torres: el arte como un gesto de amor que solo se completa en los demás
Guáimaro, 1957 – Miami, 1996. Con pilas de papel que menguan, montones de caramelos que el público se lleva, relojes que laten a la vez y guirnaldas de luces que alguien debe volver a encender, cambió para siempre lo que una obra de arte puede ser. «Dulce venganza», comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector, es su primera gran exposición en Madrid: la ciudad de su exilio infantil. Un recorrido imprescindible por una de las obras más luminosas y radicales del arte contemporáneo.
Pocos artistas del siglo XX han logrado decir tanto con tan poco. Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957 – Miami, 1996) hizo del arte una cuestión de confianza radical: sus obras no existen del todo hasta que alguien participa en ellas. Una pila de papeles impresos que el visitante puede llevarse; un tapiz de caramelos que mengua cuando alguien coge uno y se repone al día siguiente; dos relojes redondos, idénticos, que empiezan a latir sincronizados hasta que uno se adelanta o se para. Nada en su obra es sólido o permanente. Todo es, a la vez, forma y desaparición, amor y duelo, intimidad y política.
Que el Museo Reina Sofía le dedique su primera gran presentación en Madrid no es un gesto cualquiera. Comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector —dos de las mayores autoridades sobre su trabajo—, Dulce venganza reúne en el Edificio Sabatini el repertorio esencial del artista: pilas de papel, alfombras de caramelos, cortinas de cuentas, guirnaldas de luces, vallas publicitarias, retratos hechos de palabras y fechas. Y lo hace precisamente en la ciudad que marcó su biografía con una herida temprana, convirtiendo la exposición en algo más que una retrospectiva: en un regreso.
Madrid, la herida y la venganza
En 1971, con apenas catorce años, Felix fue enviado desde Cuba a España dentro de un programa de acogida de menores. Permaneció aquí un tiempo breve antes de trasladarse a Puerto Rico y, más tarde, a Nueva York, donde viviría la mayor parte de su vida adulta. Aquel paso por Madrid quedó asociado al desarraigo, a la separación, al frío de un país que no era el suyo. No regresó hasta 1991, con motivo de una exposición colectiva, y lo hizo con una obra que lo cambiaba todo: «Untitled» (Revenge), una escultura de caramelos de un azul cristalino. «He vuelto a Madrid después de casi veinte años: dulce venganza», escribió entonces.
Esa frase —irónica, dulce, cargada de una venganza que no es rencor sino reapropiación— da título a toda la muestra y funciona como su método de lectura. Porque en Gonzalez-Torres nada significa una sola cosa: la belleza convive con el duelo, lo público con lo íntimo, la ligereza de un caramelo con el peso de una vida. La exposición toma esa contradicción no como un defecto, sino como el motor mismo de la obra.
«He vuelto a Madrid después de casi veinte años: dulce venganza». La frase con la que un exiliado convirtió una herida en obra de arte.
Junto a las piezas autobiográficas, la muestra recupera fotografías encontradas, multitudes anónimas, imágenes de archivo que el artista rescató y resignificó. En su mundo, una muchedumbre borrosa puede ser un retrato colectivo; un pie de foto, una elegía. La memoria personal y la memoria histórica se trenzan sin jerarquías.
Las pilas y los caramelos: una obra que se regala
El corazón de su lenguaje son las obras que se agotan y se reponen. Las pilas de papel —hojas impresas apiladas hasta una «altura ideal»— invitan al visitante a llevarse una copia; cada día, el museo puede reponerlas. Los candy spills, montones o alfombras de caramelos envueltos en celofán, tienen un «peso ideal» que a menudo coincide con el peso de un cuerpo —el del propio artista, el de su amado— y se ofrecen a la mengua constante del público. La obra no se posee: se comparte, se disemina, se vuelve parte de quien se lleva un fragmento.
Hay en este gesto una teología laica de la generosidad. Coger un caramelo es participar de una comunión: aceptar un regalo que implica una pérdida —la de la obra— y, al mismo tiempo, garantizar su continuidad, porque será repuesta. El espectador deja de ser testigo y se convierte en cómplice, en cuidador, en parte del mecanismo. Es difícil pensar en una definición más exacta de lo que significa amar: dar algo que se gasta, confiando en que volverá a llenarse.
Coger un caramelo es aceptar un regalo que implica una pérdida y, a la vez, garantizar que la obra vuelva a existir mañana. Como el amor.
El amor y el duelo: Ross, y el reloj que se para
No se puede entender a Gonzalez-Torres sin Ross Laycock, su pareja, que murió de sida en 1991. Buena parte de su obra más célebre es una elegía cifrada por él: los caramelos que pesan lo que pesaba Ross sano; los dos relojes idénticos que laten juntos hasta que uno se detiene; las guirnaldas que se encienden y se apagan como una respiración. Artista queer en los años más brutales de la epidemia, en el Estados Unidos de la reacción conservadora, Gonzalez-Torres construyó un lenguaje deliberadamente inestable, participativo y personalísimo, capaz de alojar a la vez el luto y la celebración del amor.
Las cortinas —de cuentas, de tela ligera— pertenecen a esa misma familia de umbrales. En «Dulce venganza», una gran sala se viste de un azul sereno: cortinas que filtran la luz de las ventanas del Sabatini y una fotografía inmensa, granulada, de aves o de cielo, que convierte el duelo en algo casi atmosférico. El dolor, en Gonzalez-Torres, nunca grita; se posa.
Las salas azules de «Dulce venganza»: cortinas que filtran la luz y una fotografía atmosférica. El duelo hecho aire. Fotografías: Roberto Ruiz.
Los caramelos pesan lo que pesaba Ross sano. El duelo, en Gonzalez-Torres, se puede medir en kilos —y se puede repartir.
Retratos hechos de palabras
Otra de sus invenciones más influyentes son los «retratos»: no rostros, sino listas de fechas y acontecimientos —públicos e íntimos, mezclados sin orden jerárquico— pintados en un friso alto o impresos sobre un fondo negro. «People With AIDS Coalition 1985», «Oscar Wilde 1895», «March on Washington 1987»… La historia colectiva y la biografía privada comparten el mismo renglón. Cada retrato puede reescribirse, ampliarse, reordenarse: es un organismo vivo, no una lápida.
Cerca, una serie de dibujos de trama minúscula —los llamados bloodwork, cuadrículas que evocan analíticas y curvas clínicas— traducen a lenguaje gráfico la conciencia de la enfermedad y del tiempo contado. La estética más fría al servicio de la emoción más urgente: esa es una de sus paradojas fundadoras.
Guirnaldas y cortinas de luz
Si algo se ha convertido en emblema de su obra son las guirnaldas de luces: hileras de bombillas que cuelgan del techo con una fragilidad festiva y melancólica a la vez. Cada instalación decide su forma —cuántas ristras, cómo caen, dónde tocan el suelo—, de modo que la obra nunca es exactamente la misma. Encendidas, son pura alegría; apagadas, una ausencia. En el Sabatini caen como cascadas o se despliegan como cortinas luminosas, dialogando con las cuentas de vidrio de otras piezas que convierten un umbral en un velo tembloroso.
Guirnaldas de luces y cortinas de cuentas de vidrio: umbrales que tiemblan, luces que alguien debe volver a encender cada mañana. Fotografías: Roberto Ruiz.
Encendidas, las guirnaldas son pura alegría; apagadas, una ausencia. La obra vive porque alguien, cada día, decide volver a encenderla.
El museo fuera del museo: las vallas
Gonzalez-Torres entendió antes que nadie que el arte podía salir del cubo blanco y colarse en la ciudad. Sus billboards —vallas publicitarias con imágenes sin texto ni marca— ocupan el espacio de la publicidad para devolverle al ciudadano un instante de intimidad: una cama deshecha, un cielo, unas cortinas. En Madrid, «Dulce venganza» lleva una de estas imágenes al metro, donde conviven con el trasiego de los viajeros que quizá ni sepan que están ante una de las obras más influyentes del arte reciente.
Una valla de Gonzalez-Torres en el metro de Madrid: el arte se cuela en la rutina de los viajeros. Fotografías: Roberto Ruiz.
Merece la pena detenerse ante el vídeo que el propio museo dedica a la muestra: un recorrido por las salas que ayuda a entender cómo cada obra cambia según se instala, según la luz, según el día.
«Dulce venganza» en el Museo Reina Sofía. Vídeo de la exposición (se abre en YouTube).
Por qué importa, y por qué no envejece
La genialidad de Gonzalez-Torres —y la razón por la que su obra sigue tan viva— es que convirtió la fragilidad en estructura. Sus piezas no se poseen del todo: se comparten, se agotan, se rehacen; delegan en el otro su continuidad. Frente al arte espectáculo, su susurro sigue siendo más radical que cualquier estruendo. Frente al fetiche del objeto único, propuso obras que son, ante todo, instrucciones, protocolos, confianza: existen porque alguien acepta cuidarlas.
Murió en 1996, a los 38 años, por la misma enfermedad que se había llevado a Ross. Pero antes anticipó con lucidez el futuro de su obra y dejó un legado en el que las formas más delicadas —una hoja de papel, un caramelo, una bombilla— se convierten en vehículos de una resonancia emocional y una urgencia política que el tiempo no ha desactivado. Al contrario: en una época marcada de nuevo por la exclusión y el miedo, su lección de ternura suena más necesaria que nunca.
Frente al fetiche del objeto único, propuso obras que son confianza pura: existen porque alguien acepta cuidarlas.
Que el Reina Sofía lo traiga a Madrid con esta ambición —y precisamente a la ciudad de su herida infantil— es el acierto mayor de la temporada. «Dulce venganza» no es solo una exposición imprescindible: es la prueba de que el arte, cuando de verdad importa, es un gesto de amor que solo se completa en los demás. Vayan, cojan un caramelo, llévense una hoja. Estarán participando de una de las obras más hermosas del arte contemporáneo.
Felix Gonzalez-Torres · «Dulce venganza» · Museo Reina Sofía, Edificio Sabatini, planta 1 · 27 may – 12 oct 2026. Comisariado: Alejandro Cesarco y Nancy Spector. Fotografías de sala: Roberto Ruiz.