Glenda León, una eclosión mística que nos enamora en Bilbao
Nunca se anda por las ramas y con la mayor delicadeza crea obras rotundas que, como flecha de fuego, convulsionan en nosotros haciendonos participes del éxtasis de Santa Teresa.
Uno llega a Bilbao por la Alhóndiga y lo primero que ve, colgado de la fachada como una vela negra, es un cartel de varios metros con dos palabras en letras blancas: GLENDA LEÓN. Ni una imagen de la obra, ni un reclamo, ni la habitual sopa de logotipos institucionales peleándose por el centro del pliego. El nombre y punto. Hay que tener las cosas muy claras, o mucho cuajo, para anunciar así una exposición en una ciudad que ha visto pasar por delante a medio arte del planeta desde que a alguien se le ocurrió poner un Guggenheim junto a la ría. Y sin embargo funciona, porque lo que hay dentro sostiene el envite.
Un árbol cae en el bosque se puede visitar hasta el 27 de septiembre, y quien esto firma recomienda no dejarlo para la última semana, que es cuando se llenan las salas de gente con prisa. El título viene del viejo acertijo del obispo Berkeley, que en versión de barra de bar quedó reducido a la pregunta de si un árbol que cae en el bosque sin nadie que lo escuche hace ruido o no lo hace. La artista lo ha convertido en algo bastante menos escolástico: si nadie escucha, dice, el problema no es del árbol.
Lo que hay dentro:
La exposición la dirigen y comisarían tres, Fernando Pérez, Iván de la Nuez y la propia León, y eso, que sobre el papel suele acabar en comité y en desastre, aquí ha salido bien. El recorrido está montado como una partitura, con espacios encadenados que se abren y se cierran, y con un manejo del ritmo que no es habitual en una retrospectiva. Se entra por lo político y se sale por lo espiritual, con la naturaleza en medio haciendo de bisagra.
El primer tramo tiene la sala blanca, iluminación plana, ningún efecto. Y contra la pared, colgados como cuadros, tres colchones. Campo de juego. Colchones de matrimonio, de los corrientes, con su acolchado de rombos y su cinta perimetral, sobre los que están pintadas las marcas reglamentarias de una cancha de baloncesto en naranja, de una piscina olímpica en azul y de un campo de fútbol en verde. La broma es evidente y por eso funciona: la cama como terreno de juego, con sus líneas, sus áreas y sus reglas, y la sospecha incómoda de que en el amor también hay marcador. Uno se ríe a los tres segundos y a los diez ya no tanto. Enfrente, en la misma sala, un pequeño conjunto de fotografías enmarcadas rodea una pantalla, y en el fondo se alza una pieza vertical, pálida, atravesada por una hilera de flechas que la abrazan sin llegar a herirla, un San Sebastián descreído y sin cuerpo. Hay también una vitrina con un objeto mínimo dentro, de esos que León coloca para que uno se acerque y descubra que la escala del mundo no depende del tamaño.
Se sigue por un pasillo estrecho de hormigón visto y, al girar, aparece la mejor pieza de la primera mitad. Sueño de verano: una habitación entera donde el cielo azul con nubes ocupa la pared y la cama está cubierta por una manta de césped, hierba de verdad al ojo, con dos almohadas de estampado floral asomando por debajo. Es una imagen de una dulzura casi insoportable, y ahí está la trampa. Uno tarda un rato en caer en que ese paraíso doméstico es exactamente el decorado de una postal, y que dormir sobre el prado pintado es lo más cerca del campo que estará mucha gente este verano. El segundo bloque cambia de temperatura y de suelo. La moqueta pasa a un azul de medianoche, las paredes se oscurecen y las obras dejan de gritar. Aquí cuelgan las series negras, láminas de fondo oscuro sembradas de puntos de luz que uno lee de inmediato como cielos estrellados y que, mirados de cerca, resultan ser otra cosa. Son las piezas del capítulo de la naturaleza, Efecto mariposa, Acerca de lo invisible, Contornos del mundo, y todas trabajan la misma idea: que la constelación y el polen, la galaxia y la ramificación de un nervio, comparten la misma sintaxis. En el centro de la sala, sobre un muro exento, una proyección de luz azul intensa hace de sol negro y ordena todo el conjunto a su alrededor. Es la mejor decisión de montaje de la exposición, porque obliga a caminar en círculo y ralentiza el paso sin necesidad de un solo cartel que pida silencio.
Y en medio de todo, la pieza nuclear, El mundo interpretado para piano: una sala vacía con un piano de cola y cientos de hojas de papel suspendidas del techo, flotando como si alguien acabara de soltar una partitura y el tiempo se hubiese detenido antes de que cayera. Los nombres de los dioses de las distintas religiones, escritos en braille, se convierten en partitura y se interpretan en el instrumento. Lo invisible se toca con los dedos, lo impronunciable suena, y el que mira se queda callado, que es lo más difícil de conseguir en una sala de exposiciones. Si esta exposición tuviera que reducirse a una sola obra, sería esta.
El recorrido se completa con Cuerpos celestes, Viajar ligero y Espejismo, más introspectivas, y se cierra con Conversio, la pieza más reciente y la que se activó los días de la inauguración, en junio. Cinco performers vestidos con los hábitos de las grandes religiones bailan una coreografía sincronizada sobre música de Richie Hawtin, el productor de Detroit que inventó media escena electrónica mundial, y a medida que la danza avanza la vestimenta desaparece y el ego se disuelve. Uno esperaba la solemnidad de rigor y se encuentra con lo contrario. No hay ironía barata ni provocación de manual: hay una idea, ejecutada con una limpieza que desarma. Fuera de la sala principal quedan todavía Hablando con Dios, de 2018, proyectada en el atrio, y Suspensión, de 2020, en el foyer. Detalles que revelan cuándo una institución trabaja de verdad la exposición y cuándo se limita a colgar cuadros.
Añádase que la entrada es libre, que hay visitas introductorias todos los jueves a las seis y media por tres euros, y que la sala abre de martes a domingo de once a ocho. Cuento estas cosas porque en España se ha impuesto la costumbre de que lo bueno sea caro y de que lo gratis sea malo, y conviene señalar los casos en que no.
Bilbao tiene dos salas, y solo una funciona:
Y aquí es donde a uno se le tuerce el gesto, porque esta exposición se ve mejor a la luz de lo que ocurre a quince minutos andando. Sala Rekalde abrió en 1991 con novecientos metros cuadrados, dinero de la Diputación Foral de Bizkaia y la ambición explícita de traer a Bilbao los debates que estaban ocurriendo en el mundo. Durante años lo consiguió. Fue una sala con la que había que contar, de las que se citaban en Madrid y en Barcelona sin necesidad de explicar dónde estaban. Hoy, y lo digo con el respeto que merece cualquier institución pública que sigue de pie, es un espacio de barrio con presupuesto de barrio y ambición de barrio, y da igual que en enero de 2025 reabriera con las instalaciones renovadas, porque lo que se ha quedado viejo no son los tabiques.
Con dos excepciones que hay que nombrar, y nombrarlas bien. La primera es Varietés, de Eduardo Sourrouille (Basauri, 1970), que ocupó toda la sala del 6 de octubre de 2023 al 25 de febrero de 2024: dibujo, fotografía y vídeo organizados como un espectáculo de variedades por actos y escenas, con el cuerpo del propio artista puesto en escena para ser analizado desde una ironía que no perdona. Fue una exposición seria, valiente y bien producida. La segunda es Trucada e imperfecta, de Rut Olabarri (Bilbao, 1962), inaugurada el 28 de octubre de 2025 y en cartel hasta el 15 de febrero de 2026: la mayor presentación hasta la fecha de una artista de enorme finura, con el desaparecido Hotel Torrontegui, que estuvo en pie de 1893 a 1973, como hilo conductor de una reconstrucción de la memoria familiar hecha con pintura, textil, cerámica y vídeo. Dos aciertos rotundos. Dos.
En doce años. Uno se pregunta qué habría pasado si esa misma sala hubiera tenido durante ese tiempo la dirección, el criterio y el presupuesto que exhibe Azkuna Zentroa cada temporada. Y se responde solo, que es lo malo. Porque lo de la Alhóndiga tampoco cayó del cielo. Entre 2012 y 2018 lo dirigió Lourdes Fernández, que llegaba de ARCOmadrid y dejó el centro convertido en lo que hoy es, con los cubanos Carlos Garaicoa y Leandro Feal ya en su programa. Y uno de los tres comisarios de esta muestra, Fernando Pérez, dirigió la casa hasta diciembre de 2024 y ha vuelto a ella sin cargo ni despacho, solo a trabajar. Eso, en España, no se ve todos los días.
La cubana que no necesita presentación:
Conviene dejar clara una cosa, porque en este oficio se abusa de los superlativos hasta dejarlos sin valor. Glenda León (La Habana, 1976) no es una promesa ni un descubrimiento local. Es una de las artistas iberoamericanas con mayor proyección internacional de su generación, sin adjetivos que valgan de rebaja. Los datos, que son tozudos: licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana en 1999, máster en Nuevos Medios por la Kunsthochschule für Medien de Colonia en 2007. Representó a Cuba en la 55.ª Bienal de Venecia. Ha estado en la Bienal de Dakar, en la de La Habana y en la Trienal de Aichi. Tiene obra en el Centre Pompidou de París, en el Museum of Fine Arts de Houston y en el Musée des Beaux-Arts de Montreal. Ha ganado dos veces el Pollock-Krasner Foundation Prize, en 2005 y en 2020, el Premio DKV en 2020, el LARA en 2017 y el Premio Bienal Pilar Juncosa y Sotheby’s de Creación Artística en 2021. Reside en Madrid desde 2011. Traducido: cuando España presume de arte iberoamericano, León es una de las tres o cuatro cartas que puede poner sobre la mesa sin que nadie levante una ceja. Su trabajo tiene además una virtud que escasea entre los conceptuales, y es que se entiende. No hace falta el folleto ni el máster ni el amigo que explica. Un piano que toca los nombres de Dios en braille se entiende en Bilbao, en Aichi y en Dakar, y luego, si uno quiere, puede pasarse tres días pensando en lo que ha visto. Eso es lo difícil. Lo otro, la oscuridad deliberada, lo sabe hacer cualquiera.
Y ahora la parte incómoda.
Porque hay una pregunta que nadie hace en las ruedas de prensa y que conviene poner por escrito: ¿cómo es que media docena de los mejores artistas cubanos de las últimas tres décadas trabajan en Madrid, en Barcelona, en Miami, en París, en cualquier sitio menos en el suyo?
La respuesta la dan las cifras del propio Estado cubano, que no es sospechoso de exagerar. La Oficina Nacional de Estadísticas reconoció que a cierre de 2023 la población efectiva de la isla había caído a 10.055.968 habitantes, un 10,1 % menos que en diciembre de 2020, y a finales de 2024 la rebajó otra vez, hasta 9.748.007. Más de ochocientas sesenta mil personas llegaron solo a Estados Unidos entre 2021 y mediados de 2024. Un país entero desangrándose por la frontera, y el mismo gobierno que lo ha provocado negándose a publicar cifras de emigración con el argumento de que los que se van siguen siendo residentes. Cinismo administrativo de primera categoría.
Con los artistas, además, hubo saña específica. En 2018 se aprobó el Decreto 349, que sometía a autorización previa cualquier actividad artística y dejaba en manos de un inspector la decisión de qué se puede exponer, cantar o representar. El 27 de noviembre de 2020, unos trescientos artistas, músicos, actores y periodistas se plantaron ante el Ministerio de Cultura de La Habana en la mayor protesta cultural desde 1959. La respuesta del régimen fue la de siempre, la de hace sesenta años, la que ya aburre por repetida: mercenarios, títeres del imperio, y detenciones breves para que no se note demasiado.
De aquella máquina de expulsar talento nos hemos beneficiado los demás. Es una fortuna vergonzante, de esas que uno agradece mirando al suelo. Europa se ha llenado de una generación de creadores cubanos formidables porque su país los echó, y cada vez que en España se aplaude a uno de ellos habría que recordar, aunque sea media línea, que ese aplauso empezó siendo un fracaso ajeno. Un fracaso, dicho sea de paso, que lleva demasiados años disfrutando de una indulgencia extraña entre cierta izquierda cultural europea, que perdona a La Habana lo que no le perdonaría a ningún otro gobierno del mundo.
Quede claro que no atribuyo a Glenda León ni una sola de estas opiniones. Son mías, y de la hemeroteca. Ella sigue trabajando entre Madrid y La Habana, que es su derecho y probablemente su forma de resistir. Pero un crítico que reseña una exposición cubana en Bilbao y no menciona esto está haciendo turismo, no crítica.
Lo que queda
Al final del recorrido, uno sale a la calle Arana con la sensación rara de haber estado en un sitio donde alguien pensó de verdad lo que quería decir y encontró la manera de decirlo. No es tan frecuente. Bilbao lleva casi treinta años acostumbrada a lo grande, a lo internacional y a lo espectacular, y a veces se le olvida que lo importante ocurre en salas de tamaño medio con las ideas claras.
Glenda León nos ha enamorado en Bilbao. Y Bilbao, que de esto sabe un rato, ha sabido devolver el favor.
Glenda León. Un árbol cae en el bosque. Azkuna Zentroa – Alhóndiga Bilbao, Sala de Exposiciones. Del 18 de junio al 27 de septiembre de 2026. De martes a domingo, de 11 a 20 h. Entrada libre. Equipo curatorial y dirección del proyecto: Fernando Pérez, Glenda León e Iván de la Nuez. Con la colaboración de Volotea. Visitas introductorias los jueves a las 18:30, treinta minutos, 3 euros, aforo de 25 personas. El 8 de septiembre, a las 18:30, conversación entre la artista y los comisarios en la Sala Bastida, con entrada libre previa inscripción. En el marco de la muestra se edita el libro Un árbol cae en el bosque.
