Temas de ARTE®
Estética y fe

La frivolidad del coleccionismo ante las guerras

El petróleo, la guerra con Irán y un mercado del arte que sigue bailando sobre los tejados de las ciudades bombardeadas.

La piedad sobre la ciudad
Una piedad blanca tendida sobre los tejados grises de la ciudad, cruzada por aviones de combate. La serie completa parte de esta imagen matriz.

El verano de 2025 dejó una lección incómoda para quien quiera escucharla: cuando el precio del barril de Brent superó los 130 dólares tras la escalada del conflicto con Irán y el bloqueo intermitente del estrecho de Ormuz, el mercado del arte no se detuvo. Aceleró. Las casas de subastas registraron, en plena tensión geopolítica, algunas de las pujas más altas de la década. La paradoja es vieja, pero nunca había sido tan visible: cuanto más arde el mundo, más brilla el oro de las salas de venta.

La crisis energética desatada por la guerra reorganizó en cuestión de semanas los flujos de capital global. El dinero del petróleo —el de los fondos soberanos del Golfo, el de las grandes fortunas que se cubren frente a la inflación— buscó refugio. Y lo encontró, como casi siempre, en los activos tangibles: el inmobiliario de lujo, el oro físico y, cada vez con más fuerza, el arte. Una obra maestra no cotiza en bolsa, no se devalúa con el rublo ni con el real, no aparece en los telediarios entre las cifras de víctimas. Es el valor refugio perfecto: bello, mudo y opaco.

Bloques de colores sobre Nápoles
Cubos, arcos y cilindros de colores primarios flotan, gotean, sobre la trama urbana en blanco y negro. El juguete de construcción como metáfora del capital especulativo.

Las imágenes de esta serie —pintadas sobre fotografías aéreas de una ciudad mediterránea que podría ser Nápoles, Beirut o Alejandría— funcionan como un diagnóstico. Los bloques de colores, alegres y casi infantiles, son piezas de un juego de construcción que alguien deja caer desde el cielo sobre una ciudad real. Gotean como pintura fresca, como sangre, como petróleo. El gesto es deliberadamente ambiguo: ¿están construyendo o bombardeando? En el mercado del arte, a veces, es lo mismo.

El coleccionismo de altura nunca ha sido inocente. Desde los Médici hasta los oligarcas contemporáneos, acumular arte ha sido siempre una forma de lavar el origen del dinero y de comprar eternidad. Lo nuevo es la velocidad y el descaro. Mientras una feria internacional facturaba cifras récord, a tres horas de avión caían bombas sobre infraestructuras energéticas. Los mismos aviones que aparecen, estilizados y multicolores, surcando estos lienzos.

Aviones de colores sobre la ciudad
Escuadrones de cazas convertidos en manchas de color. La guerra como patrón decorativo: el horror estetizado hasta volverse soportable, vendible, coleccionable.

Hay una crueldad lúcida en convertir los aviones de combate en motivos ornamentales. Es exactamente lo que hace el mercado: toma el dolor del mundo y lo transforma en superficie, en textura, en inversión. El espectador que contempla estas obras desde la comodidad de una galería climatizada repite, sin saberlo, el gesto del coleccionista que adquiere una pieza «políticamente comprometida» para colgarla sobre el sofá. La denuncia se vuelve decoración.

El petróleo está en el origen de casi todo en este circuito. Financia las ferias, llena los fondos de adquisición de los nuevos museos del Golfo, sostiene los precios. Cuando ese petróleo se encarece por una guerra, el capital se vuelve más nervioso y más ávido de refugios. El arte se beneficia de su propia condición de objeto inútil: precisamente porque no sirve para nada, sirve para guardar valor mientras el mundo se desordena.

Multitud de figuras humanas de colores
Cientos de figuras humanas idénticas, ordenadas por colores sobre la bahía. La población como masa, como dato estadístico, como fondo silencioso del mercado.

Y sin embargo, hay algo más en estas piezas que la simple denuncia. La piedad blanca que abre la serie —una figura yacente, sostenida, doliente— recuerda que bajo los bloques de colores y los aviones decorativos hay cuerpos reales. La ciudad fotografiada no es un decorado: está habitada. Cada ventana de esos edificios grises es una vida que sigue su curso mientras, muy por encima, el dinero del arte y el dinero de la guerra hacen sus cálculos.

La pregunta que dejan estas obras no es retórica: ¿puede el arte criticar al mercado del arte desde dentro del mercado del arte? ¿O toda crítica termina, inevitablemente, revalorizando la pieza que la formula? No hay respuesta cómoda. Lo único cierto es que, mientras el estrecho de Ormuz siga siendo un nudo de tensión y el barril siga marcando el pulso de la economía mundial, las salas de subastas seguirán llenas. Y las ciudades, debajo, seguirán aguantando.

La frivolidad del coleccionismo ante las guerras — Serie completa · Técnica mixta sobre fotografía · 2025–2026.

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