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Estética y fe

San Pier Giorgio Frassati: verso l'alto, el joven que leyó la belleza como una lengua

Turín, primer cuarto del siglo XX. Mientras el futurismo incendiaba los museos con manifiestos, un muchacho de casa culta —hijo del fundador de La Stampa y de una pintora premiada en Venecia— aprendía a mirar de otro modo: no la belleza como posesión, sino como palabra dirigida a quien sabe escucharla.

Retrato fotográfico de Pier Giorgio Frassati, joven, con traje y corbata, los brazos cruzados
Pier Giorgio Frassati (Turín, 1901 – 1925). El rostro de una juventud que hizo de la contemplación una forma de coraje.

Hay figuras cuya biografía se lee como una obra de arte: no por lo que dejaron colgado en un muro, sino por la composición secreta de sus días. Pier Giorgio Frassati pertenece a esa estirpe. Murió en Turín en 1925, a los veinticuatro años, y la posteridad ha querido recordarlo por su santidad; conviene, sin embargo, atender a algo que suele quedar en penumbra: su educación del ojo, su relación con la belleza, la manera en que un joven del Piamonte convirtió la cultura en un modo de estar despierto ante el mundo.

Su casa lo explica en buena medida. El padre, Alfredo Frassati, había fundado La Stampa y llegaría a senador y embajador del Reino de Italia en Berlín; era hombre de la razón positiva, del hecho verificable, de la tinta que persigue la actualidad. La madre, Adelaide Ametis, fue pintora de mérito reconocido: paisajista de estirpe piamontesa, expuso en la Biennale de Venecia y alcanzó una distinción que en su tiempo equivalía a una consagración: el propio rey Víctor Manuel III adquirió obra suya. En aquel hogar convivían, pues, dos maneras de interrogar lo real —la crónica y el óleo, el dato y la luz—, y el hijo las heredó ambas. Muy pronto, no obstante, comprendió que la segunda alcanzaba una región que a la primera le estaba vedada.

Retrato pictórico de Adelaide Ametis Frassati, madre de Pier Giorgio, pintora
Adelaide Ametis Frassati (1877–1949), madre del santo. Paisajista premiada, expuso en la Biennale de Venecia y el rey Víctor Manuel III compró obra suya. La mirada que educó el ojo del hijo.

En aquel hogar convivían dos maneras de interrogar lo real: la crónica y el óleo, el dato y la luz.

Turín entre dos siglos: la vanguardia y su reverso

Para situar a Frassati conviene reconstruir el aire que respiraba, porque le tocó vivir uno de los momentos más convulsos del arte europeo. En 1909, cuando él era todavía un niño, Filippo Tommaso Marinetti lanzó desde las páginas de un periódico parisino el Manifiesto del futurismo, con su célebre proclama de que un automóvil de carreras resultaba más hermoso que la Victoria de Samotracia. Umberto Boccioni, Giacomo Balla y Carlo Carrà tradujeron aquella incandescencia a la pintura y la escultura: el culto a la velocidad, a la máquina, a la simultaneidad, y una hostilidad declarada hacia el museo, que los futuristas soñaban con incendiar. Italia, la nación que custodiaba el mayor tesoro artístico de Occidente, se convertía de pronto en el laboratorio de su negación más ruidosa.

A esa fiebre respondió, pocos años después, su contrario exacto: la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y del propio Carrà, con sus plazas desiertas y su quietud enigmática, y luego la llamada al orden del Novecento, que reclamaba el retorno al oficio y a la tradición clásica. Sobre este fondo de rupturas y restauraciones se recorta la sensibilidad de Frassati, y su elección tiene el valor de una toma de posición. Frente al frenesí de la máquina y frente al desprecio programático del pasado, prefirió la montaña, el fresco antiguo, el verso de Dante. No por conservadurismo temeroso, sino por una convicción más honda: la belleza no es un objeto que consumir ni un ídolo que derribar, sino un lenguaje que conviene aprender a leer despacio.

Y hay algo más, que no puede callarse sin traicionar su memoria. Aquella estética de la fuerza no fue un juego inocente: el futurismo hizo del culto a la violencia y al desprecio del débil una doctrina, y no por azar Marinetti firmó, junto a Mussolini, los primeros manifiestos del fascismo. La exaltación de la máquina de guerra, la sacralización del puño, el gozo ante la brutalidad, encontraron su desenlace político en las escuadras negras que, con creciente insolencia, sembraban de miedo las calles de Turín. Frente a ellas, Pier Giorgio no fue un contemplativo ausente. Militó con determinación en el catolicismo social, y no pocas veces plantó cara físicamente a los camisas negras que agredían a los suyos: sostuvo la bandera cuando otros la soltaban, recibió golpes sin devolver el insulto y, detenido en más de una ocasión, rehusó los privilegios que su apellido podía procurarle. Su antifascismo no fue una opinión de salón, sino una forma de valentía cotidiana. Y en esa coherencia se revela la clave última de su estética: quien concibe la belleza como palabra de Dios y como dignidad del más humilde no podía sino aborrecer una vanguardia que erigía la crueldad en canon. Entre el estruendo del futurismo y el silencio contemplativo de la cima había, en el fondo, una frontera moral; Frassati la cruzó sin vacilar, y la defendió con el cuerpo.

La cultura como forma de estar despierto

Frassati leía con la pasión de quien confía aún en que un libro puede alterar una vida. Su autor era Dante. Se sabía de memoria pasajes enteros de la Comedia y los recitaba en las cumbres alpinas, entre amigos, con la naturalidad del que no exhibe aquello que ama. La imagen que Domenico di Michelino pintó para la catedral de Florencia —el poeta erguido entre el Infierno, la montaña del Purgatorio y las esferas del Paraíso— resume con precisión su universo mental: la existencia entendida como un ascenso, una peregrinación de lo bajo a lo alto que ordena y da sentido a cuanto encuentra a su paso.

Domenico di Michelino, La Divina Comedia ilumina Florencia: Dante con el libro entre el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso
Domenico di Michelino, Dante y los tres reinos, 1465. Catedral de Florencia. El libro que Frassati recitaba en la montaña; la vida concebida como ascenso.

La montaña, en su caso, fue también una disciplina del espíritu, acaso la más alta. Ascendía por el gozo físico del esfuerzo, pero al llegar a la cima ejecutaba un gesto que desconcertaba a sus compañeros de cordada: callaba y contemplaba. En la fotografía más difundida aparece de espaldas, adherido a una pared de roca; al dorso escribió de su puño dos palabras que condensan una biografía entera, Verso l'alto, «hacia lo alto». No aludía únicamente a la cumbre. Nombraba la dirección de una vida. La misma luz cortante de los Alpes que Giovanni Segantini fijó para siempre en sus lienzos divisionistas —esa claridad que parece emanar de las cosas antes que caer sobre ellas— fue la que Frassati buscó con las botas y la cuerda al hombro.

Giovanni Segantini, Mediodía en los Alpes: una pastora con sombrero de paja y ovejas ante las cumbres nevadas
Giovanni Segantini, Mediodía en los Alpes, 1891. La luz alpina hecha materia; el mismo esplendor que Frassati perseguía en cada ascensión.

La belleza como palabra de Dios

Aquí reside el núcleo de su pensamiento, y posee una elegancia luminosa. Para Frassati la belleza no constituía un fin en sí misma ni un placer que hubiera que justificar ante nadie. Era un lenguaje, una caligrafía. Cuando un amanecer se encendía sobre una arista de los Alpes, cuando un verso de Dante lo estremecía o cuando el arte antiguo lo recogía en el silencio de una iglesia, no vivía una experiencia meramente estética: reconocía una voz. La hermosura del mundo le parecía el modo en que el Creador se dice sin palabras, y de esa certeza brotaba una alegría que en él nunca fue superficial, porque nacía de la raíz misma de su fe.

Esa convicción tenía una consecuencia que lo preserva de todo esteticismo cómodo. Si la belleza es palabra de Dios, también lo es —y de manera más urgente— el rostro del que sufre. El joven que se emocionaba ante un fresco de Fra Angelico dedicó buena parte de sus días a los pobres de Turín, en secreto, sin que su propia familia lo advirtiera. Repartía su dinero, su ropa, incluso el billete del tranvía, y regresaba a casa a la carrera. El Sermón de la Montaña que el fraile dominico pintó en una celda de San Marcos —Cristo que enseña las bienaventuranzas a un corro de discípulos, sobre el oro sereno del quattrocento— fue para Frassati algo más que una imagen admirable: fue el programa de una vida.

Fra Angelico, El Sermón de la Montaña: Cristo predica las bienaventuranzas a los discípulos sentados en la ladera
Fra Angelico, El Sermón de la Montaña (Las Bienaventuranzas), h. 1440. Convento de San Marcos, Florencia. Juan Pablo II llamó a Frassati «el hombre de las ocho bienaventuranzas».

No sorprende, entonces, que su mirada se posara con predilección sobre los humildes. En aquellos mismos años, un pintor piamontés, Giuseppe Pellizza da Volpedo, había concluido El Cuarto Estado: una muchedumbre de trabajadores que avanza hacia el espectador con la dignidad grave de quien reclama su lugar en la historia. La tela, pintada el año en que Frassati vino al mundo, retrata a la perfección a aquella Italia pobre y digna a la que él entregó su tiempo, su bolsa y, al cabo, su salud. Cuando una poliomielitis fulminante lo arrebató en pocos días —contraída, según todo indica, entre los enfermos que visitaba—, sus padres asistieron atónitos a un funeral desbordado por una multitud de menesterosos a quienes no conocían. La ciudad culta descubría, demasiado tarde, la obra maestra que había habitado bajo su techo. No estaba firmada ni pendía de pared alguna: era su propia vida.

Giuseppe Pellizza da Volpedo, El Cuarto Estado: multitud de trabajadores que avanza hacia el espectador
Giuseppe Pellizza da Volpedo, El Cuarto Estado, 1901. Museo del Novecento, Milán. Pintado el año del nacimiento de Frassati; el retrato de los pobres que él sirvió.

Podría pensarse que semejante inclinación por lo antiguo, por lo alto y por lo humilde lo situaba al margen de su época, ajeno a la vanguardia que rugía a su alrededor. Sostengo lo contrario. En un tiempo que aprendía a fabricar imágenes a velocidad de máquina, Frassati defendió, con su sola manera de vivir, que la belleza no se posee ni se destruye: se sigue. Que contemplar es un acto de coraje y no de pereza. Que el pasado no es una cárcel de la que huir, sino un idioma en el que aún merece la pena decir cosas nuevas. En el día de su fiesta, elogiemos por ello a este muchacho de Turín que subía montañas con Dante en la memoria y el pan de los pobres en las manos. Su lección, hoy, tiene la frescura de lo que nunca envejece. Verso l'alto.

— En la festividad de San Pier Giorgio Frassati, 4 de julio

Contexto y referencias

Pier Giorgio Frassati (Turín, 1901–1925), terciario dominico, alpinista, beatificado por Juan Pablo II en 1990. Hijo de Alfredo Frassati, fundador de La Stampa, y de la pintora Adelaide Ametis, que expuso en la Biennale de Venecia y de quien el rey Víctor Manuel III adquirió obra. · Vanguardia italiana del periodo: Manifiesto futurista de Marinetti (1909); Boccioni, Balla, Carrà; pintura metafísica de De Chirico; retorno al orden del Novecento. · Obras reproducidas: Segantini, Mezzogiorno sulle Alpi (1891); Pellizza da Volpedo, Il Quarto Stato (1901); Fra Angelico, Sermón de la Montaña (San Marcos, Florencia); Domenico di Michelino, Dante (1465, Catedral de Florencia).

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