Gabriel de la Mora: la belleza que nace de la pérdida
«La Petite Mort» reúne dos décadas del artista mexicano que convierte lo desechado —cabello, cáscaras de huevo, suelas gastadas, alas de mariposa— en superficies de una serenidad casi sobrenatural. Una lección de paciencia contra la prisa del presente.
Hay artistas que producen imágenes y artistas que producen tiempo. Gabriel de la Mora (Ciudad de México, 1968) pertenece a los segundos: cada una de sus superficies —en apariencia mínimas, monocromas, casi mudas— guarda dentro cientos de horas de trabajo manual, miles de fragmentos ordenados uno a uno, una cantidad de vida acumulada que la mirada rápida jamás sospecharía. El Museo Jumex le dedica ahora, en su Galería 3, la revisión más profunda hecha hasta la fecha de su obra: La Petite Mort, cerca de noventa piezas que cubren las dos últimas décadas.
Coorganizada por el Museo Jumex y el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) —con curaduría del reconocido Tobias Ostrander y la asistencia curatorial de Carolina Estrada García—, la exposición podrá verse del 25 de septiembre de 2025 al 8 de febrero de 2026. Su título, tomado de la expresión francesa que designa a la vez el orgasmo y «la pequeña muerte», anuncia sin rodeos las dos fuerzas que recorren toda la muestra: el deseo y la desaparición, el placer y la pérdida.
El alquimista de lo desechado
De la Mora es, ante todo, un transformador de materia. Toma lo obsoleto, lo roto, lo que el mundo ha descartado —cabello humano, cáscaras de huevo, suelas de zapato usadas, telas de altavoces antiguos, páginas quemadas, carteles callejeros arrancados, piedra volcánica— y, mediante procesos que rozan lo alquímico, lo convierte en objetos de acabado brillante y seductor. No hay pincelada ni gesto expresivo: hay recolección, clasificación, paciencia. Su taller funciona menos como un estudio de pintor que como un laboratorio o un archivo. Y, sin embargo, el resultado nunca es frío: bajo el rigor conceptual late siempre una emoción contenida, una memoria de lo vivo.
Seis maneras de mirar la muerte y el deseo
La muestra se organiza en seis núcleos —Cuerpos, Borradura, Calor, El filo del deseo, Tacto y El placer del espectador— que funcionan como capítulos de un mismo artículo de opinión sobre lo físico. En Cuerpos, De la Mora modela en resina diecisiete cráneos de su propia familia, viva y muerta, y dibuja retratos con el cabello —cargado de ADN— de las personas retratadas. En Calor, seis páginas quemadas de su tesis de maestría se han vuelto esculturas líricas dibujadas por el azar de la llama. En El filo del deseo, un objeto de casi cuatro mil capas de pintura acrílica esconde en su corte un cañón de color caleidoscópico; y un mosaico de andesita —la piedra de lava de la escultura prehispánica— sostiene cada fragmento contra el siguiente en un equilibrio milagroso.
El recorrido culmina en El placer del espectador, título que homenajea sin disimulo el artículo de opinión de Roland Barthes de 1973 sobre el placer del texto. Aquí, los grandes monocromos texturizados hechos con miles de fragmentos de cáscara de huevo —símbolos de vida en potencia y, a la vez, de lo desechado— piden al espectador que se acerque, que dude, que calcule cuánto tiempo cabe en una sola superficie. Cerca, unas letras talladas en obsidiana negra flotan sobre el muro: Lo que no vemos, lo que nos mira. Pocas frases resumen mejor el proyecto entero.
En vídeo · Conversación con el artista
Museo Jumex
Una reflexión, a favor
Es fácil, ante una obra tan pulcra, sospechar del artificio: tanta perfección podría ser solo destreza. Pero La Petite Mort demuestra lo contrario. Lo que sostiene a De la Mora no es el virtuosismo sino una ética de la atención: mirar de verdad lo que los demás tiran, concederle una segunda vida, aceptar que la belleza y la muerte comparten superficie. En un tiempo que produce y descarta imágenes a una velocidad enferma, su trabajo propone justo lo contrario —la lentitud, la acumulación, el cuidado— y lo hace sin nostalgia ni solemnidad, con un punto de humor y erotismo que lo salva de cualquier gravedad.
Que un artista mexicano de esta hondura reciba por fin una revisión de esta escala, y que lo haga a cuatro manos entre el Jumex y el MARCO de Monterrey, dice mucho del buen momento de las instituciones del país. La Petite Mort no es una exposición para pasar deprisa: pide el mismo tiempo que pidieron las obras al hacerse. Quien se lo conceda saldrá mirando el mundo —y lo que el mundo desecha— de otra manera. Ese es, quizá, el mayor elogio que puede hacerse de una muestra.