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Actualidad · 17 ago 2026

MALBA · Dan Flavin: «Luz, color y espacio»

MALBA, Buenos Aires · Nivel 2 · 12 de junio – 17 de agosto de 2026

El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires presenta, del 12 de junio al 17 de agosto de 2026, una presentación mayor del pionero del minimalismo norteamericano. Detrás del tubo fluorescente comprado en la ferretería late una pregunta antigua: la de la luz como primer gesto de la creación y como forma en que lo invisible se deja ver.

Instalación de Dan Flavin: un cuadrado de tubos fluorescentes amarillos que inunda de luz dorada una sala blanca; una figura de espaldas camina hacia el resplandor
Dan Flavin, Untitled (to Thordis and Heiner), 1966–71. La luz no ilumina un objeto: es el objeto, y a la vez lo disuelve. Quien entra en la sala deja de mirar la obra para habitarla. © Stephen Flavin / ARS, Nueva York.

Hay obras que se miran y obras que nos miran. Las de Dan Flavin pertenecen a esta segunda estirpe: no cuelgan de la pared para ser contempladas, sino que salen a nuestro encuentro, tiñen el aire, colorean la piel de quien pasa, convierten la sala en un cuerpo de luz. El MALBA reúne ahora, del 12 de junio al 17 de agosto de 2026 en su Nivel 2, un conjunto capital de esa obra producida entre los años sesenta y setenta. Y lo que se ofrece no es una colección de esculturas, sino una experiencia: la de un hombre que decidió, contra toda la historia del arte, que su material sería aquello que ningún pincel había podido atrapar jamás, la luz misma.

Conviene decirlo desde el principio, porque cambia el modo de mirar: Flavin (Nueva York, 1933–1996) no fabricaba nada. Compraba. Sus tubos fluorescentes eran los mismos que alumbran oficinas, garajes y pasillos de hospital: objetos industriales, estándares, disponibles en cualquier comercio, en el puñado de colores y las pocas medidas que la industria ofrecía. En ese gesto de renuncia —no inventar la forma, sino elegirla del catálogo del mundo— hay una humildad casi monástica. El artista no se pone por encima de la materia: se aparta, y deja que la luz haga lo suyo. Lo que enciende no es una lámpara: es una pregunta sobre qué puede ser considerado arte, y hasta dónde llega el reino de lo sagrado en lo más común.

El seminarista

Para entender esa luz hay que volver a un dato que las historias del minimalismo suelen pasar de largo. Antes de ser artista, Dan Flavin quiso ser sacerdote. Se formó en un seminario menor católico de Nueva York, sirvió como monaguillo, respiró durante años el aire de la liturgia: el latín, el incienso, los cirios, la penumbra rasgada por la vidriera. Cuando abandonó aquel camino y llegó, tras un paso por la rama meteorológica de la Fuerza Aérea y unos estudios de historia del arte en Columbia, a su verdadera vocación, no dejó atrás la sacristía: la trasladó. Sus primeras obras, hacia 1961, se llamaron precisamente iconos: cajas cuadradas y pintadas con sencillez, coronadas por bombillas, herederas directas de las tablas bizantinas ante las que se enciende una lámpara. El altar se había vuelto enchufe, pero seguía siendo altar.

De ahí que su arte, tan frío en apariencia —tubos, metal, corriente eléctrica—, sea en el fondo el más cálido de los del minimalismo. Donald Judd apilaba cajas; Carl Andre extendía placas por el suelo; Sol LeWitt dibujaba sistemas. Flavin hacía otra cosa: encendía. Y encender es, desde el principio del mundo, un acto que roza lo litúrgico. El que enciende una luz repite, sin saberlo, el primer verbo de la creación.

Obra de Dan Flavin en el ángulo de dos paredes: tubos fluorescentes rojos dispuestos en horizontal y en diagonal que bañan de rojo el rincón de la sala
Dan Flavin, obra en tubo fluorescente rojo instalada en el ángulo de la sala. La esquina —ese lugar muerto de toda arquitectura— se vuelve foco, altar, herida encendida. © Stephen Flavin / ARS, Nueva York.

Monumentos a los ausentes

La muestra reúne cuerpos clave de aquellos años decisivos. Están las obras de inicio de carrera dedicadas a Vladimir Tatlin —los «monumentos» al constructivista ruso, torres de luz blanca que ironizan sobre la monumentalidad soviética que nunca se construyó— y las que evocan a las víctimas de la guerra, ambas exhibidas en 1966 en la legendaria Primary Structures, la exposición que dio nombre al minimalismo. Y está, sobre todo, la gran instalación Untitled (To you, Heiner, with admiration and affection), de 1973: un pasillo de luz dedicado a Heiner Friedrich, uno de los fundadores de la Dia Art Foundation.

Repárese en los títulos. Casi todos son dedicatorias: a Tatlin, a Heiner, a Thordis, a los muertos de la guerra. La obra de Flavin es un altar de difuntos y de amigos, una letanía de nombres propios encendidos en luz. Hay algo profundamente cristiano en esa manera de nombrar: como la Iglesia enciende una vela por cada intención y por cada difunto, Flavin enciende un tubo y lo ofrece. El monumento no conmemora una victoria; recuerda a un ausente. La luz, aquí, cumple el oficio más viejo de la lámpara del santuario: velar por los que ya no están.

La luz no representa nada: es la única materia que, al iluminarlo todo, no se deja ver a sí misma. Como aquello a lo que, en las Escrituras, alude sin cesar.

Su trayectoria quedó entrelazada con la de Dia, la fundación creada en 1974 por Philippa de Menil, Heiner Friedrich y Helen Winkler para hacer posibles los proyectos que por su escala nadie más podía sostener. Eligieron un nombre tomado del griego —diá, «a través de»— y no hay palabra más exacta para el arte de Flavin: su luz no es un fin, es un tránsito, un pasaje. Se atraviesa. Dia custodia hoy la mayor colección de su obra y le consagra un espacio permanente en Bridgehampton. La exposición del MALBA está organizada por esa fundación, con curaduría de Jessica Morgan y Min Sun Jeon.

Fiat lux

«Dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz fue.» Antes que el cielo poblado de astros, antes que la tierra y las aguas, antes incluso que el sol —que no se crea hasta el cuarto día—, lo primero que existe en el relato del Génesis es la luz sola, luz sin lámpara, resplandor sin fuente visible. Toda la teología cristiana de la luz nace de ese versículo desconcertante: una claridad anterior al objeto que la emite. Los Padres la leyeron como figura de lo divino; el Pseudo-Dionisio hizo de la luz el nombre mismo de Dios; el abad Suger, al levantar en Saint-Denis la primera iglesia gótica, quiso muros de vidrio para que el templo entero fuese luz atravesada, y grabó que «la mente sube a la verdad a través de lo material». Ocho siglos después, un antiguo seminarista de Nueva York enchufa un tubo fluorescente en el ángulo de una sala y obtiene, sin proponérselo del todo, exactamente eso: luz que atraviesa la materia y arrastra la mente hacia lo que no tiene forma.

Porque esto es lo que ocurre en la sala del MALBA: la luz de Flavin no ilumina cosas, disuelve las cosas. El tubo amarillo devora los contornos, la esquina roja anega el ángulo, las paredes pierden su solidez y el espacio se vuelve atmósfera, medio, éter coloreado. Estamos ante la única materia que, iluminándolo todo, jamás se deja ver a sí misma —vemos por ella, no la vemos a ella—; y en esa paradoja el arte de Flavin roza, sin nombrarla, la definición negativa que la mística reserva a Dios. «La luz brilla en las tinieblas», escribe San Juan al abrir su Evangelio, «y las tinieblas no la vencieron.» El fluorescente industrial, comprado por unos centavos, se convierte en una glosa involuntaria de ese versículo.

De ahí la extraña emoción de estas obras hechas de material de ferretería. Uno entra escéptico —¿esto es arte, un tubo de garaje?— y sale bañado en color, con la piel teñida y la mirada alterada, como quien vuelve de una capilla. Flavin repetía que no había misticismo en su trabajo, que sus tubos eran objetos y nada más. Pero el hombre que llamó iconos a sus primeras obras, que dedicó cada pieza a un nombre como quien enciende una vela, y que hizo de la luz su vida entera, protestaba quizá demasiado. Renunció al sacerdocio; no renunció a la luz. Y la luz, en la sala oscura, sigue haciendo lo que hacía en el primer día: separar la claridad de las tinieblas, y llamarnos hacia ella.

Un pionero en el Sur

Que esta obra se muestre hoy en Buenos Aires no es indiferente. Flavin realizó instalaciones para espacios concretos en la documenta 4 de Kassel (1968), la Galería Nacional de Canadá (1969) o el Museo de Arte de St. Louis (1973), y su nombre pertenece al canon del arte de posguerra estadounidense. Traerlo al Sur, hacerlo dialogar con la larga tradición latinoamericana de la luz y el color —del cinetismo de Cruz-Diez y Le Parc a las poéticas contemporáneas de la tecnología—, es proponer una genealogía compartida: la de quienes entendieron que el color no se pinta, se irradia.

Queda la experiencia, y queda la pregunta que la atraviesa. ¿Qué mira uno cuando mira estas luces? Un objeto industrial, sí; un hito del minimalismo, también. Pero, más hondo, la vieja intuición de que la luz precede a todo y lo funda todo. Dan Flavin pasó la vida encendiendo tubos y dedicándolos, como se dedican las velas del templo, a los vivos y a los muertos. En ese gesto —encender, nombrar, ofrecer— hay algo que la liturgia conoce bien y que ningún manual de arte contemporáneo alcanza a explicar del todo. La luz de la sala del MALBA no está encendida sólo para que veamos: está encendida, como todas las lámparas del santuario, para recordarnos que alguien vela.

Museo
MALBA — Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
Dónde
Nivel 2 · Av. Figueroa Alcorta 3415, Buenos Aires
Cuándo
12 de junio – 17 de agosto de 2026
Curaduría
Jessica Morgan y Min Sun Jeon · Organiza Dia Art Foundation

Datos: MALBA / Dia Art Foundation · Citas bíblicas: Génesis 1 y Evangelio de San Juan 1 · Imágenes: © Stephen Flavin / Artists Rights Society (ARS), Nueva York.

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