Cromosaturación: entrar en el color y salir cambiado
En el Pérez Art Museum Miami, tres cámaras —una roja, una verde, una azul— convierten al visitante en el material mismo de la obra. Crónica de una inmersión.
Se entra descalzo de mirada, sin saberlo. Uno cruza el umbral convencido de que va a ver una obra —algo colgado, algo quieto, algo que se contempla desde una distancia cortés— y descubre, en el primer paso, que aquí no hay nada que contemplar: hay algo que ocurrir. La primera cámara es azul. Un azul que no está en las paredes sino en el aire, un azul que se mete debajo de la piel y decide, sin pedir permiso, cómo van a verse las manos, la ropa, el desconocido que avanza al fondo como una silueta submarina. Nadie habla. En una sala de color, curiosamente, la gente baja la voz.
La obra se llama Cromosaturación y la concibió en 1965 un hombre nacido en Caracas en 1923 y muerto en París en 2019, que dedicó su vida entera a una idea tan simple como vertiginosa: que el color no es una cosa que las cosas tienen, sino un acontecimiento que sucede en el tiempo, un fenómeno de la luz que solo existe mientras alguien lo mira y se mueve. No pintó cuadros del color: fabricó situaciones donde el color le pasa a uno por el cuerpo. Fue, por eso, uno de los grandes pioneros del arte cinético y óptico, y la historia del siglo XX no se entiende del todo sin él.
Se pasa del azul al rojo por un quicio estrecho, y ahí ocurre el pequeño milagro que la instalación tiene reservado. Durante unos segundos —tres, cuatro, los que tarda el ojo en rendirse— el rojo no parece rojo sino una vibración incandescente, un exceso, casi un ruido; y al fondo, por contraste, un verde imposible late en el marco de la puerta siguiente como si alguien lo hubiera inventado esa misma mañana. Es la retina saturada, defendiéndose. El artista lo llamaba, con una precisión de físico, "una conciencia de la inestabilidad de la realidad".
Lo asombroso es cuánto se parece esto a estar vivo. No hay pantalla, no hay relato, no hay siquiera objeto: solo luz, espacio, movimiento y un cuerpo que los atraviesa. Y sin embargo la experiencia es intensísima, física, casi indecente en su franqueza. Uno sale con la sensación de haber sido, por unos minutos, la obra: no su espectador sino su ingrediente. Los niños lo entienden de inmediato y corren de una cámara a otra persiguiéndose las sombras teñidas; los adultos tardan un poco más, pero acaban cediendo.
Que el Pérez Art Museum Miami consagre una temporada larga a esta pieza —del otoño de 2025 al final del verano de 2026— dice algo del acierto de una ciudad que mira al Caribe y al sur. Porque Cromosaturación, además de un prodigio sensorial, es una lección de historia: cuando el arte todavía adoraba el objeto quieto y precioso, este venezolano ya había apostado por lo contrario —la situación, la participación, los sentidos, la impresión subjetiva—, anticipando en medio siglo casi todo lo inmersivo y experiencial que hoy llena los museos del mundo. Se sale de las tres cámaras parpadeando, con el color aún zumbando detrás de los párpados, y con la certeza incómoda y feliz de que la realidad, esa que dábamos por sólida, era mucho menos firme de lo que creíamos.