Basquiat: el rey adolescente que le puso corona a la pintura
El Pérez Art Museum Miami reúne diez obras maestras de la Colección Kenneth C. Griffin en la mayor muestra del artista jamás vista en Florida. Elogio de una furia que todavía nos interpela.
Hay artistas que trabajan y artistas que arden, y Jean-Michel Basquiat perteneció, sin remedio y sin descanso, a la segunda estirpe. Verlo hoy —diez obras capitales de la Colección Kenneth C. Griffin colgadas en el Pérez Art Museum Miami, en la exposición más extensa que Florida le ha dedicado— no es asistir a una liturgia póstuma, sino a la comprobación incómoda de que aquel muchacho que murió a los veintisiete años sigue estando, misteriosamente, más vivo que casi todos nosotros. Su pintura no envejece: nos envejece a los demás.
Conviene decirlo sin la solemnidad que él habría detestado. Basquiat no fue un genio ingenuo, un salvaje afortunado al que el mercado descubrió en una esquina del SoHo. Fue lo contrario: un lector voraz, un chico que se educó a sí mismo en las salas de los museos de Nueva York, que devoró la anatomía del Renacimiento y la historia universal con la misma avidez con que absorbía el jazz, el bebop, los cómics y el latín de las etiquetas farmacéuticas. Detrás de cada trazo aparentemente febril hay una biblioteca desordenada y ardiente. Esa es la primera lección de esta muestra: la espontaneidad más eléctrica es, casi siempre, el disfraz de un saber inmenso.
Hijo de madre puertorriqueña y padre haitiano, Basquiat comprendió antes que nadie que la identidad no es una herencia que se recibe sino una lengua que se inventa. De ahí su método de rey saqueador: tomar el logotipo corporativo, el grafiti de la calle, la viñeta del cómic, la corona de tres puntas, la palabra tachada —porque, decía, tachar una palabra hace que la miremos más— y remezclarlo todo en una gramática nueva, insolente, universal. En sus telas conviven el santo medieval y el atleta negro, el diagrama médico y el insulto callejero, con una libertad que solo tienen quienes no piden permiso.
Quien recorra estas diez piezas hará bien en no buscar el sosiego. La pintura de Basquiat no consuela: acusa, celebra, grita, se ríe. Hay en ella una alegría furiosa —el color lanzado como quien lanza una piedra, la línea que corre sin freno, la figura que se descoyunta para mirarnos de frente— y hay también una herida abierta: la de un joven negro que triunfó en un mundo que no había sido construido para él, y que hizo de esa contradicción el asunto mismo de su obra. Nunca fue un decorador de interiores para coleccionistas. Fue, y sigue siendo, un testigo de cargo.
La virtud de reunir aquí lo mejor de una sola gran colección —la de Griffin, que atesora algunas de sus cumbres— es que permite ver a Basquiat no como una moda ni como una cotización de récord, sino como lo que fue: uno de los pintores que definieron el siglo XX y cuya relevancia, lejos de apagarse, se agranda. La exposición se acompaña, además, de una publicación ilustrada que hace justicia a la densidad de su léxico visual, ese cruce prodigioso de retrato, escritura cifrada y puro dinamismo pictórico articulado por el color, la línea y el gesto.
Al salir, uno piensa en la brevedad y en el despilfarro, en todo lo que ardió tan deprisa. Y, sin embargo, la sensación dominante no es la melancolía sino una suerte de gratitud combativa: la de saber que existió alguien capaz de convertir el desorden del mundo en belleza sin domesticarla. Miami hace bien en darle esta corona. Basquiat, que se coronó a sí mismo tantas veces, seguramente sonreiría —y luego tacharía la palabra, para que la miráramos mejor.