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Astrarium: diez pulsos que son once en la casa museo del Cacao

El Museo Nacional del Cacao abre su casa patrimonial de Guayaquil a diez artistas contemporáneos ecuatorianos —y a un equipo curatorial que se cuenta como el undécimo— para pulsar, a la vez, el cuerpo, la memoria y el archivo. Una muestra honesta y bien intencionada, desigual como casi todas las colectivas, que merece la visita más por lo que anuncia que por lo que remata.

Vista de sala de Astrarium en el Museo Nacional del Cacao, con una obra suspendida entre las puertas de madera de la casa patrimonial
Astrarium habita la casa museo: las obras se suspenden, se apoyan y dialogan con las puertas de madera, los suelos de mosaico y la luz de la arquitectura patrimonial de la Sala MuCAO.

Hay museos que exhiben y museos que se dejan habitar. El Museo Nacional del Cacao, en pleno centro de Guayaquil, ha optado esta vez por lo segundo: con Astrarium «pulso de diez, que son once» abre su casa patrimonial a diez artistas contemporáneos locales para que sean ellos —en libertad— quienes escriban las narrativas de un espacio cargado de historia, materialidad y usos sociales. La muestra, inaugurada el 22 de mayo y en cartel hasta el 27 de julio, es una propuesta sensata y bien resuelta, de esas que se agradecen aunque no acaben de deslumbrar.

El título encierra una poética y una cifra: diez creadores que, sumados al equipo curatorial de la propia Sala MuCAO —que por primera vez se presenta como un cuerpo comisarial—, hacen once. Un astrarium era, en origen, un reloj astronómico que reproducía el movimiento de los astros; aquí la palabra nombra una constelación de sensibilidades que gravitan, se rozan y —cuando la cosa funciona— se influyen mutuamente. Los organizadores la piensan como «un momento de estudio y reflexión sobre lo que está sucediendo en la escena local del arte contemporáneo», y conviene tomarles la palabra: es, sobre todo, un sondeo, un estado de la cuestión más que una tesis cerrada.

Sinergia, pulso, once

El guion curatorial se ordena en torno a tres palabras. Sinergia: la energía de cada artista encarna afectos que, juntos, se expanden; el espacio se vuelve «una suerte de piel» que roza al espectador y activa una mirada íntima, entre el placer y el displacer. Pulso: el museo propone la exposición como una producción de vitalidades que traza recorridos por los territorios del cuerpo, la memoria, el archivo, las prácticas artesanales y la experiencia humana. Y once: la sala como elemento significante que entrega su historia y sus muros para que los artistas tejan un tejido nuevo. Son buenas premisas; el reto, como siempre, está en que la obra las sostenga, y ahí la muestra da lo que dan las colectivas: aciertos rotundos junto a piezas que se quedan a medio camino.

Los diez de la constelación

La nómina reúne voces diversas de la escena ecuatoriana actual, cada una con su propio idioma plástico: Ricardo Bohórquez (@richiboq), Lisbeth Carvajal (@lisbcarvajal), Xavier Coronel (@x_coronelv), Ruth Cruz Mendoza (@ruthcruzmendoza), Jean Carlo Guizado (@jc_guizado), Andrea Mejía (@dreamejiaa), Andrea Moreira (@andreapaolamoreira89), Jorge Morocho (@jorge__morocho), Leandro Pesantes (@leandropesantes.b) y Oswaldo Terreros (@oswaldoterreros · @movimiento_grsb). Conviven sin jerarquías, y de ese roce nacen las «sinergias» que buscaba el equipo curatorial, aunque no todas cuajen con la misma intensidad.

Entre lo más sólido están las piezas que asumen la casa como material —no como simple contenedor—: los textiles pintados y las obras suspendidas de Guizado, que reformulan la escala doméstica; el trabajo sobre el cuerpo y la memoria de Pesantes; o la contención de Morocho, que se resiste al efectismo. Frente a ellas, algunas propuestas acusan cierta juventud: intenciones más enunciadas que resueltas, gestos que se quedan en el titular. Es el precio —y también la gracia— de una muestra que retrata un momento antes que un canon.

Obra de Andrea Mejía en Astrarium, Museo Nacional del Cacao
Andrea Mejía, una de las voces de la muestra. La colectiva convive sin jerarquías, y de ese roce entre lenguajes nacen sus mejores hallazgos.
Pintura mural y obra suspendida de gran formato en Astrarium, Museo Nacional del Cacao
Las grandes superficies —murales, textiles pintados y obra suspendida— dialogan con las molduras y la luz de la casa. Pieza de Jean Carlo Guizado en la Sala MuCAO.

Frente a un arte contemporáneo que a menudo se agota en su propio comentario, Astrarium prefiere lo háptico: obras que piden tiempo lento, cercanía y cuerpo a cuerpo con la arquitectura. Pintura, textil, escultura, fotografía y ensamblaje se despliegan por las habitaciones sin la asepsia del cubo blanco, aprovechando las molduras, los mosaicos y la luz cambiante de una casa que fue vivienda antes que museo. Ese diálogo con el edificio es, quizá, el mayor acierto del montaje; también su riesgo, porque la arquitectura es tan elocuente que a ratos compite con las piezas.

Un museo que se atreve con lo contemporáneo

Fachada del Museo Nacional del Cacao en el centro de Guayaquil
La casa patrimonial del Museo Nacional del Cacao, en el centro de Guayaquil, sede de la Sala MuCAO.

Más allá del resultado concreto, hay algo que conviene reconocer sin aspavientos: que una institución dedicada a la memoria del cacao —ese fruto que cuenta buena parte de la historia económica y social del Ecuador— reserve su Sala MuCAO para el arte joven y experimental es una decisión acertada. En los últimos años, el Museo Nacional del Cacao ha ido armando una programación contemporánea consistente —de Axis: del museo a la cúpula a Tiempo de Cacao o el Archivo Alexander von Humboldt—, y Astrarium se inscribe con naturalidad en esa línea.

La muestra confirma esa vocación: la de un museo que entiende su casa como un organismo vivo, capaz de acoger la creación del presente sin renunciar a su historia. No es una exposición redonda ni pretende serlo; es un pulso tomado a tiempo, un registro fiel de una escena en formación. Se sale de ella sin euforia, pero con la impresión —nada desdeñable— de haber visto trabajar a un museo que sabe lo que hace y a un puñado de artistas que aún tienen mucho por decir. Y eso, para una tarde de julio en Guayaquil, ya es bastante.

Astrarium «pulso de diez, que son once» · Sala MuCAO, Museo Nacional del Cacao, Guayaquil · 22 mayo – 27 julio 2026.

Astrarium · Sala MuCAO, Museo Nacional del Cacao, Guayaquil · 22 may – 27 jul 2026. Firma: Redacción T+A.

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