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Actualidad · 23 ago 2026

MALBA · Abel Rodríguez / Mogaje Guihu: «El árbol de la vida y la abundancia»

MALBA, Buenos Aires · Nivel 1 · 19 de junio – 23 de agosto de 2026

El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires exhibe, del 19 de junio al 23 de agosto de 2026, la primera gran retrospectiva argentina del sabedor amazónico que dibujó la selva de memoria. Detrás del follaje, un relato antiquísimo: el del árbol primordial que un hacha derriba, y el del árbol que, en el centro del jardín, prometía la vida eterna.

Gran árbol amazónico dibujado por Abel Rodríguez, con jaguar, guacamayos, monos y aves entre las ramas, sobre un bosque de copas verdes
Abel Rodríguez / Mogaje Guihu, Árbol de la vida, 2018. Acuarela y tinta sobre papel. El tronco central sostiene un mundo entero: jaguar, guacamayos, monos, tucanes y garzas habitan un solo cuerpo vegetal.

Un hombre lleva dos nombres, y en esa duplicidad cabe una historia del mundo. Se llamó Mogaje Guihu —«pluma de gavilán resplandeciente»— entre los suyos, los nonuya del río Cahuinarí, y se llamó Abel Rodríguez cuando el siglo lo empujó a la ciudad. Cada una de sus obras está firmada dos veces, como quien traza a la vez la frontera y el puente entre dos mundos. El MALBA reúne ahora, del 19 de junio al 23 de agosto de 2026, una amplia selección de esa obra doble: no la de un artista que representa la selva, sino la de un hombre que la recuerda, hoja por hoja, como se recuerda un rostro amado que ya no está.

Conviene decirlo desde el principio, porque cambia el modo de mirar: Abel Rodríguez (Colombia, hacia 1941 – Bogotá, 2025) no pintaba del natural. Pintaba de memoria. A lo largo de tres décadas produjo cerca de quinientas obras en acuarela, témpera, tinta y acrílico, y en ellas registró alrededor de cuatrocientas especies botánicas sin más modelo que el archivo de su propia mirada. La selva no está delante de él cuando dibuja; está dentro. De ahí que sus verdes no formen nunca esa masa indiferenciada en que el bosque se deshace para el ojo forastero, sino una escala infinita de matices que sólo reconoce quien fue formado, desde niño, para nombrar el mundo.

El nombrador

Fue educado como sabedor: el que sabe, el que guarda y transmite los nombres de las plantas, sus usos prácticos y simbólicos, la trama de alianzas que tejen con los animales, con las personas y con el territorio. Un tío suyo, también sabedor, le enseñó cuándo cosechar, qué animal come de qué fruto, cómo la chagra —ese huerto que se le pide prestado a la selva— puede devolverse al bosque más fértil de lo que era. Lo llamaron, con justicia, «el nombrador de plantas». Hay en ese oficio un eco que un lector del Génesis reconoce de inmediato: el del primer hombre a quien Dios acerca cada criatura «para ver cómo la llamaría», de suerte que el nombre dado por el hombre fuera el verdadero nombre de lo vivo. Nombrar no es aquí un adorno del saber: es su forma más alta. El paraíso, antes que un lugar, es una lengua en la que cada ser tiene su palabra exacta.

El dibujo llegó tarde y por necesidad. Ya instalado en Bogotá, en contacto con la fundación holandesa Tropenbos y con el biólogo Carlos Rodríguez, Abel empezó a volcar en imágenes, cerca de los cuarenta años, aquellos saberes de las lenguas indígenas que no eran traducibles al castellano. Lo que no cabía en la palabra prestada del colonizador cabía en la línea y en el color. Sus hijos y su descendencia artística —Aycoobo, Wilson Rodríguez, que ha expuesto junto a él— prolongan ese gesto. La obra nació, pues, como una traducción imposible y necesaria: el intento de salvar en el papel un mundo que la palabra ajena no alcanzaba a decir.

Bosque amazónico de terraza alta dibujado por Abel Rodríguez: decenas de árboles de distintas especies, palmas, un árbol de flor naranja y otro violeta, con aves y mamíferos entre la maleza
Abel Rodríguez / Mogaje Guihu, Terraza alta, 2018. Colección particular. Cada copa es una especie distinta; el bosque no es un fondo, sino un censo de lo vivo. Crédito: María Paula Bastidas.

El hacha y la espada de fuego

El título de la muestra no es una metáfora amable. Remite al Árbol de la Abundancia, imagen que habita las cosmogonías de numerosos pueblos amazónicos: el árbol primordial del que brotaron todos los frutos existentes y que un hacha derriba, dispersando por el mundo las semillas de cuanto hoy crece. En el principio hay un árbol; al final del principio, un tronco caído y una siembra involuntaria. La abundancia del mundo es hija de esa herida original. Toda cosecha recuerda, sin saberlo, un talado primero.

La biografía de Abel Rodríguez repite, en la escala amarga de la historia, ese mito. Fue uno de los últimos miembros de la etnia nonuya, diezmada durante el «holocausto del caucho» que asoló la Amazonia entre fines del siglo XIX y comienzos del XX: esclavitud, tortura y exterminio disfrazados de progreso. Y en los años noventa, el conflicto armado, el narcotráfico y el extractivismo lo expulsaron de su territorio hacia Bogotá, donde vivió hasta el final. Dos veces, pues, fue arrojado del jardín: la primera con su pueblo, la segunda en su propia carne.

Hay un hacha en el origen y una espada de fuego en la salida; entre las dos, un hombre que dibuja para no perder el paraíso.

Quien conozca el relato del Génesis no podrá evitar la superposición. Tras la falta, el hombre es expulsado del Edén, y Dios pone «al oriente del huerto querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida». El exilio y la pérdida del árbol son, en las Escrituras, una sola desgracia. La modernidad extractiva vino a ser, para los pueblos del Cahuinarí, esa espada de fuego: la que cierra el regreso, la que convierte la selva natal en territorio prohibido. No es casual —o lo es de un modo que estremece— que el nombre cristiano del sabedor fuera Abel: el pastor cuya sangre, en el mismo libro, clama a Dios desde la tierra. En el papel de Abel Rodríguez, la tierra amazónica sigue clamando, pero lo hace en verde, con la voz minuciosa de sus cuatrocientas plantas.

El árbol de la vida

En el centro del jardín del Edén, cuenta el Génesis, Dios hizo crecer dos árboles: el del conocimiento del bien y del mal, y el árbol de la vida, cuyo fruto daba la inmortalidad. Comer del primero costó el destierro; el segundo quedó vedado, custodiado por el ángel de fuego. La tradición cristiana no lo abandona allí: en el último libro de la Biblia, el árbol de la vida reaparece plantado a ambas orillas del río que brota del trono, en la ciudad restaurada, y da doce frutos, uno por mes, «y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones». Lo que en el principio se pierde, al final se recobra. Entre el Génesis y el Apocalipsis, el árbol de la vida es la figura misma de la promesa: la vida que fue, la vida que será, y la abundancia como signo de una reconciliación.

Que Abel Rodríguez titulara su árbol «de la vida y la abundancia» no es, entonces, coincidencia botánica. Es teología dibujada. Su gran ceiba central, poblada de jaguares, guacamayos, monos y tucanes, no ilustra un ecosistema: propone un orden. Todas las criaturas caben en un solo cuerpo vegetal porque todas proceden de él y todas lo sostienen. Es la vieja intuición de que la vida no es una propiedad de los individuos sino una relación entre ellos, un tejido —y este sabedor, que jamás se dijo artista y llamó a sus obras «memorias hechas visibles», pinta ese tejido con la paciencia de quien copia un salmo. Donde el ojo occidental ve paisaje, él ve parentesco. Donde ve decoración, hay liturgia.

De ahí la extraña serenidad de estas obras, hechas desde el desarraigo pero sin una sola nota de resentimiento. El árbol dibujado en el exilio es el árbol de la vida en su tercera edad bíblica: ni el del Edén perdido ni el prohibido tras la culpa, sino el prometido, el que sana a las naciones. Un árbol de la memoria que es, en el fondo, un árbol de la esperanza. Sus hojas —tantas, tan distintas, tan pacientemente diferenciadas— parecen dispuestas, como las del Apocalipsis, para la salud de un mundo enfermo.

Un regreso al circuito, un legado

La muestra del MALBA está organizada por el Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand (MASP), con curaduría de Adriano Pedrosa —su director artístico— y del curador asistente Leandro Muniz. Llega a Buenos Aires como una consagración póstuma y merecida. Porque este hombre que empezó a dibujar por necesidad terminó siendo uno de los primeros artistas colombianos de origen indígena en entrar de pleno derecho en el circuito internacional del arte contemporáneo: tras recibir en 2014 el Premio Prince Claus, participó en la documenta 14 de Kassel (2017), la Carnegie International de Pittsburgh (2018), la Trienal de Milán (2019), la Bienal de São Paulo (2021), las bienales de Toronto y de Sídney (2022), la de Gwangju (2023) y la Biennale di Venezia (2024). Murió el 9 de abril de 2025 en Bogotá, lejos del río que lo vio nacer y que nunca dejó de dibujar.

Queda su obra, y queda la pregunta que la atraviesa. ¿Qué mira uno cuando mira estos árboles? Un catálogo de plantas, sí; un acto de resistencia cultural, también. Pero, más hondo, la vieja nostalgia humana del jardín. Abel Rodríguez pasó la vida nombrando lo vivo y dibujando de memoria un paraíso del que fue expulsado dos veces. En ese gesto —nombrar, recordar, custodiar— hay algo que las Escrituras conocen bien: el hombre fue puesto en el huerto «para que lo labrara y lo guardase». Guardar el jardín. Toda su obra puede leerse como el cumplimiento tardío, tenaz y luminoso de aquel primer encargo. El árbol de la vida no está detrás de nosotros ni sólo delante: está, dibujado, en la pared del MALBA, esperando que aprendamos de nuevo a mirarlo.

Museo
MALBA — Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
Dónde
Nivel 1 · Av. Figueroa Alcorta 3415, Buenos Aires
Cuándo
19 de junio – 23 de agosto de 2026
Curaduría
Adriano Pedrosa y Leandro Muniz (MASP) · Organiza MASP

Datos: MALBA / MASP · Citas bíblicas: Génesis 2–3 y Apocalipsis 22 · Imágenes: cortesía del artista y colección particular.

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